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lafresa_
revista hiperbreve de arte contemporáneo
[pesadilla después de
navidad] |
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¿Qué hacer cuando todos celebran los fastos de la gula,
escondiendo bajo oropeles sus carencias? Asqueada del arcilloso
mazapán toledano y de toda la familia del turrón jijonenco, apenas
consolada por algún espumoso brut gélido y acariciador, sola,
me sumerjo de nuevo en mis más góticos placeres: Y desempolvo
rancios filmes del aristocrático Bela Lugosi o del simpático Murnau;
escucho algunos cuartetos de cuerda –Marais me parece perfecto-
mientras hojeo la última antología de Edward Gorey traducida al
castellano –Amphigorey also-; o regreso una vez más a Bram
Stoker a buscar mis pasajes predilectos. Bonitas tradiciones de
invierno.
Sin embargo, nada me obnubila más el alma en este singular
estado que recrearme en encantadores recuerdos, diversas
estaciones para visitar una vez más la pesadumbre –en la que se
respira con dificultad-. Y recuerdo con desasosiego que los Magos de
Oriente no han depositado bajo mi árbol –el abeto disecado que año
tras año cuelgo boca abajo en algún punto indeterminado de mi extraño
loft- lo que había pedido. Una obrita, una nada más, del
amenazador Enrique Marty. A estas alturas debería haber dejado de
creer en la magia. |
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Todavía zozobro al recordar al hombre-sanguijuela (the
leechman), aquella incomprable instalación que la Galería Espacio
Mínimo presentaba en la pasada edición de Arco. El monstruoso
paradigma del defecto y la otredad –el desecho humano- vulgarmente
aireado como atracción de feria. Marty se había servido de tablas
pintadas para recrear al monstruo, de la escultura para invocarlo
físicamente en el constreñido habitáculo del stand galerístico,
de sonidos pregrabados de aplausos y murmullos para conceder un lúdico
ambiente al conjunto, y hasta de un pequeño rótulo con luces para
encajar perfectamente en el ámbito de la feria de ganado que a veces
es Arco…
También me estremecí con La familia, el megalómano
mural pictórico que el Musac de León nos enseñó en la exposición
Emergencias. Sobre la ya fría estética de las fotos polaroid
–de implacable flash certero, que cae como una pedrada sobre
los retratados-, el artista reproducía al óleo y sobre tablas de
diverso formato una impar visión de la propia estirpe, remaquillada
según las licencias que otorga el pincel como remedo de alguna
procesión de espectros. A pesar de que el amable guión de los museos
nos explica algo sobre la complicidad necesaria entre el artista y sus
modelos –es de suponer que su entrañable familia se presta-, este
premeditado ejercicio de feización sin contemplaciones no deja
de colapsar nuestro ánimo. No faltan la sombra de la maldad, el daño
irreversible ni la herida sangrante que brilla con autosuficiencia.
Vemos toda esa violencia, el trágico espasmo de la locura e incluso
una sinrazón probablemente peligrosa. Cualquiera de esas apreciaciones
se aproximan tan finamente a la realidad que debemos apartar la mirada
pronto. |
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Exposición
Flaschengeist, la caseta del Alemán. Hasta el 16/04/06. MUSAC,
León.
Finalmente, mi desconsuelo se explaya cuando un miserable
catarro vírico –de esos virus no diagnosticables que proliferan
gracias a los transgénicos que tragamos sin chistar un día y otro- me
impide acudir todavía a la muestra Flaschengeist, la caseta del
alemán, también en el Musac de León. Allí Marty ha reproducido no
ya una caseta, una feria entera se podría decir, atestada de
horripilantes –deliciosos- cartelones donde ha convertido una serie de
individuos en deformados monstruos (niña de nueve piernas, hombre de
siete cabezas, mujer serpiente…). Una oda a la aberración que planta
nuestra mirada sobre lo raro y a un tiempo sobre algo extrañamente
familiar. En solución de continuidad con esa parada de monstruos
en que se han convertido la programación televisiva y todos sus
tentáculos.
Elektra, 2006.
fotografías de Pedro Alarcón, por cortesía
de Ifema, Galería Espacio Mínimo y Musac León.
fotografías de la caseta del Alemán por cortesía de Musac
León, área de prensa.
www.musac.org.es
www.espaciominimo.com
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Duchamp y Manzoni tuvieron la culpa. Para ser más exactos,
la telaraña de cuestionamientos que planteó Duchamp y el traje nuevo
del emperador que cosió Manzoni.
Señores, los culpables de gran parte de este embrollo
intelectual en el que está sumergido hasta los ojos el arte de hoy
tienen nombres y apellidos. Esta pesadilla conceptual contemporánea
está urgida con los planteamientos inteligentes de estos dos artistas
y con la torpeza, interesada, de sus intérpretes. Que el arte se haya
convertido en algo críptico, casi indescifrable, es peligroso. Hemos
caído en la dictadura del todovale, el sistema de valores menos
democrático y más cercano al nihilismo creativo.
Hay muchos artistas, o teóricos-artistas, que disfrutan
cuestionando la esencia de las cosas. Eso es genial, se abren nuevas
sendas que acaban descubriendo continentes, terrenos inhóspitos que se
van arando y donde acaban naciendo semillas grandiosas.
También puede
ser que esas clarividencias que se abren dejan en evidencia
ridiculeces mayúsculas que nadie antes se había atrevido a denunciar.
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Esta es una de
las misiones del arte, luchar contra las realidades establecidas, pero
en el momento en el que se pierde la perspectiva, se cae en unos
desvaríos desafortunados donde los artistas menos duchos acaban dando
tumbos sin ton ni son.
Dos de los momentos en el que el arte del siglo XX se
cuestiona a si mismo están protagonizados por Duchamp y Manzoni. Dos
situaciones mal resueltas que acaban atropellando a los artistas que
las plantearon para convertirse en emblemas de un nuevo mundo del
arte. Dos ensoñaciones de duermevela que han acabado siendo pesadillas
eternizadas, callejones sin salida donde cabe hasta la última tontería
que se le ocurre al último iluminado de turno. Seamos serios, porque
al final, este crucero de lujo repleto de ignorantes, frívolos y
mercaderes acabará encallando la expresión contemporánea en una
ciénaga pantanosa. Siguiendo estos vientos no se llega a ningún sitio.
O se construyen unos cimientos sólidos, o el edificio se caerá
aplastando debajo a todos los que sustentan este castillo de naipes.
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Los dos puntos de inflexión
1917
Una de las obras más famosas de Marcel Duchamp es un urinario vulgar y
corriente que con el nombre de Fuente presentó en 1917 en la
exposición de la nueva Society for Independent Artists de Nueva
York. Duchamp fue uno de los miembros fundadores de esa sociedad, pero
algo no le gustó de la organización y decidió presentar esta obra con
el seudónimo de R. Mutt.
Aquél gesto fue una traición demasiado cruel. El arte emergente, el
arte que intentaba trepar saliendo de los academicismos, quedó en
evidencia ante sí mismo. Para Duchamp fue sólo un divertimento.
Contemplaba callado y entretenido las propuestas del comité de
selección del que él mismo formaba parte. Al final, después de una
intensa discusión, entre medrosos y descolocados, los miembros del
jurado no se atrevieron a exponer la obra. Fue un juego, un intento de
reírse de esos sesudos intelectuales que discutían horas y horas sobre
la esencia de lo artístico. Fue un trabalenguas que nadie supo
pronunciar en aquél momento y que acabó convirtiéndose en un himno.
Esa no era la intención de Duchamp, se quiso reír del arte con sus
propias armas y acabaron vistiendo su discurso revolucionario de
esmoquin. Qué desastre, que perdición más torturadora debe ser para un
símbolo iconoclasta acabar momificado y reverenciado.
1961.
Piero Manzoni ha sido el único alquimista de la historia.
Sin engaño, logró transmutar una materia tan despreciable como la
mierda en oro puro. Se enfrentó al arte para derrotar sus abusos y
acabó entronado por su desvergüenza. |
Sumido en una espiral intensa de acciones y obras etéreas,
acabo envasando sus propias defecaciones en una lata de 30 gramos que
vendía por el precio equivalente de su peso en oro. Qué modo más
certero de carcajearse de las especulaciones mercantiles, igualar la
materia más ruin con la más valorada por la mágica varita de un
artista, transmutar el sentido de las cosas ridiculizando al arte y a
su industria comercial.
Mierda de artista,
rezaba en tres idiomas la cuidada etiqueta de la lata recurriendo al
código natural de cualquier producto envasado (ríanse de las latitas
de sopas Campbell de Andy Warhol). La presentación toma más
protagonismo que la propia obra, aquí lo realmente importante es la
lata, porque los excrementos ni se ven, ni son agradables de ver. El
continente por el contenido, la cáscara por el fruto. Pura esencia del
arte del siglo XXI.
Esta fue la más extrema transgresión vanguardista del
momento, el paroxismo de la exaltación artística, de la reverencia
absurda por todo aquello que hicieran los artistas.
El gesto de Manzoni tiene muchas interpretaciones, la más
anecdótica -la más fácil, la más tonta-, es la que ha perdurado para
descrédito de la creación artística. La esencia del artista que se
rebela contra un negocio que le es ajeno, la lectura profunda del
intelectual que cose un traje invisible para el emperador, ésa, se ha
perdido entre bambalinas. Manzoni quería evidenciar la desfachatez del
mercado, denunciar las posturas tontas de los nuevos ricos arrimados
al resplandor pecuniario del arte y consiguió girar la tuerca hasta
casi destrozar el tornillo.
Sema D´Acosta, 2006. |
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Exposición
zombies, freaks, boys and another toys. Hasta el 28/01/06. Galeria
Travesía Cuatro, Madrid.
Hay
muchas expresiones posibles para el miedo. Sin embargo, por más
sofisticada que sea en apariencia cualquiera de las actuales
manifestaciones de la turbación del hombre, nada hay tan sutil y
tan certero como retornar a nuestro miedo más profundo, el que
muchos quizá hayamos experimentado revolviéndonos entre las
sábanas, tiempo atrás; el miedo a una tiniebla innombrada,
necesaria para el descanso pero terrible para el alma de un niño.
Puede que hayamos
olvidado aquellas noches de difícil dormitar –algún fluido que se
escapa, algún gemido ahogado, la inexplicable expansión de un mal
pensamiento en principio sin forma-. No hay miedo superior al
miedo de un niño.
El alma del
adulto se curte tras cientos, miles de noches; otras futilidades
adormecen los miedos verdaderos para dejar en nuestras sábanas
sólo inquietudes absurdas. Y se nos dibuja ahora la posibilidad de
recobrar –para revisitarlos con inevitable aprehensión- unos
miedos antiguos, asentados tras maravillosos ratos de cine y
libros. Entramos de nuevo en ellos (casi inadvertidos) protegidos
por el aura blanca de la galería de arte –su pulcritud, su
aparente orden, su música de buenos modales-, pero ante tanta
verdad supurada hemos de ceder. |
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Y recordar la sangre -¿es la miel más dulce que la sangre?-, el
llanto, el orín; libaciones todas del miedo sagrado ante el que
todavía –sí, todavía- nos rendimos. Sólo la delicadeza en que han
sido trazadas, hilos pinjantes dispuestos a estremecerse con
cualquier hálito, puede limarlo.
El
vrikolakas extiende su livianísimo manto de horror; el
zombie promete encarnizados ataques a través de punzantes
miradas con luz propia; el asesino impío, sin rostro reconocible,
puebla angostos pasajes; el adolescente –temible e implacable, hoy
hasta impune- con piel de peluche llama a nuestra puerta…
Guillermo ha concedido demasiados espectros para ese miedo, a
veces nos permite un breve remanso de tranquilidad o flores, pero
ante mis ojos pesa más la turbación. Y agradezco haber regresado a
ese miedo.
Pedro
Alarcón, 2006.
fotografías de Pedro Alarcón, por cortesía de Galería Travesía
Cuatro
www.travesiacuatro.com
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La
multitud espera la lluvia de caramelo. El relumbrante convoy
desaparecerá con la aurora, en el vientre de unas zapatillas viejas.
En los ojos de un niño hallo mis ojos. Amo a todos los niños que no
engendraré jamás. Quisiera ser cualquiera con tal de asir fuerte la
cálida mano de mi progenitora. Hoy soy dúctil como la nieve y mis
lágrimas corren por mi tez cetrina. Me jacto de atesorar buenos
sentimientos y propósitos de enmienda. Mis congéneres obedecen a su
corazón en tanto colman sus bolsillos. Yo tengo el alma en la garganta
porque nunca he sido tan feliz, porque nunca he sido feliz. De pronto
entreveo una vida hecha de luces. Y de pronto me satisface sobremanera
el contacto con los hombres.
Pero
la algazara no es más que un rumor de olas, cada vez más lejano, cada
vez más obscuro. Hay quien dice que la arena blanca es polvo de
estrellas. No obstante siento angustia, intangible puñalada con traje
de invierno. No alcanzo a comprender por qué un entorno idílico se
torna de repente en mi condena. Compadezco a todos los difuntos que
sobrellevan con estoicismo mi peso y mi contrariedad. Las playas son
cementerios, fosas comunes, infinitos osarios, campos de batalla de
invertebrados que una vez fueron invertebrados. Suscribo la melancolía
de vivir despierto. Reclamo mi derecho a habitar una pesadilla. Esta
noche la serenidad y la soledad se parecen demasiado. Nunca antes
había extrañado a un extraño: ya sea un padre, un hijo o un Rey Mago.
No hay nadie en mil kilómetros a la redonda ni la lustre proyecta su
juego de espejos ni huele a mirra. Solamente la fruta de la pasión y
el ave del paraíso gustan de acompañarme en mi largo viaje a ninguna
parte. He despertado en un lugar inhóspito: el preciso lugar donde
nadie osaría descansar. Las aguas cristalinas y la suave brisa me
importunan tanto. Pero yazgo con la baba sobre el bordillo porque he
recibido un tremendo golpe. Nadie se detiene a auxiliarme, tan
impacientes y tan preocupados en su particular sobredosis de glucosa.
Desde una fastuosa carroza tres pajes me arrojan con saña toda su
munición.
Y
persevera el mal tiempo. Y persiste la noria en dar vueltas. Y se
suceden las tentativas de vivir en sociedad y respetar al prójimo y
sonreír un poco más, pero sin éxito. Mañana abandonaré el hospital
temprano, otra herida que sumar a mi catálogo de despropósitos. Otra
vez asumiré que los calendarios están plagados de trampas; que en cada
esquina y cada rótulo luminoso me aguarda una emboscada; que en
primavera me dejaré llevar por mis más bajos instintos y que durante
el estío se me incendiarán las mejillas y tropezaré con la misma
piedra, como una obstinada palomita golpeando contra un farol.
Nacho Albert, 2006. |
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El efecto
Navidad actúa como anestesia, envoltorio de benevolencia, paz
y amor, fármaco para el olvido entre bombillas de colores
ensartadas en cableados luminosos que franquean cruces y avenidas,
mantecados rancios sobre platos forrados de papel de orillo y
dependientas desquiciadas por cuadrar las potentadas cifras de
nuestros centros comerciales.
Pero lo
cierto es que, a pesar de elaborar deliciosos platos de autoestima
y sorprender a nuestros comensales con halagos, presentes y besos,
la realidad sigue sirviéndose cruda y en plato frío, conservando
todos los nutrientes del día a día: guerra, terror, corrupción,
rencor y dolor se atrincheran a las noticias de prensa, junto a
las felicitaciones navideñas y las ofertas del Corte Inglés.
No dejo de
experimentar una especie de tristeza y desánimo que contrarrestan
el efecto dulzón de la Navidad.
“Mueren 12 personas al estrellarse un helicóptero
de EE UU en el norte de Irak “ (El País)
“Un
grupo armado secuestra a una periodista estadounidense cuando
circulaba por Bagdad” (Málaga
Hoy)
“El Gobierno de EEUU reitera la legalidad de su
plan de espionaje”.
(El Mundo)
Sobre este y
otros asuntos, encontramos en la Biennale Internazionale dell’Arte
Contemporanea, celelabrada en Florencia entre los días tres y once
de diciembre del pasado 2005, las instalaciones de la artista
suiza
Daniela de Maddalena,
“It’s Christmas time!”
y
la artista Hildegard
Unterweger, “Entry – our time – bomb”.
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“It’s Christmas
time!”
es una
instalación animada formada por nueve figuras de 30cms que representan
a SantaClaus. Las imágenes aparecen situadas sobre pilares de
aluminio de 90cms. Varias de ellas, se presentan encapuchadas y
equipadas con armas de fuego portátiles como si se tratasen de
terroristas. Un sensor lee la presencia de los visitantes y, a su
paso, las figuras comienzan a bailar y cantar una melodía rítmica que
recuerda los villancicos navideños. La artista ha diseñado cinco
coreografías diferentes que se alternan al activarse la instalación.
“Entry – our time – bomb”
es
una instalación formada por dos cuadros y una escultura.
El lienzo de la
derecha presenta a un niño suicida con un cinturón de explosivos en
torno al pecho, portando en su mano derecha el mando que impulsará la
detonación. El niño, de mirada expresiva e interrogante, tiende su
mano a una mujer embarazada, representada sólo parcialmente, que
sujeta su abultado vientre, mientras responde al gesto del pequeño de
la misma forma. Al fondo, aparece esbozada, en blanco sobre fondo
negro, una escena bulliciosa de personajes en la que podemos
distinguir, en un primer plano, la sumisión de uno de ellos bajo el
gesto opresor de otro.
El lienzo de la
izquierda plantea la misma distribución; un fondo con militares
encapuchados, encabezados por un rehén y tres figuras de mayores
dimensiones, en el primer plano. A la derecha, una mujer que porta en
sus brazos un bebé arropado y a la izquierda, un joven recostado en un
sofá que sostiene en su mano el mando de alguna bomba o explosivo.
Ambas miradas, la de la mujer y el niño, se cruzan en un diálogo mudo
inquietante.
El color rojo
del botón del detonador en ambos lienzos, introduce un efecto teatral
en ambas escenas, al estilo de la niña vestida de rojo que aparece en
La lista de Schindler.
La escultura,
situada frente al espectador en la esquina de la izquierda,
representa al mismo niño que aparece en el segundo cuadro, acentuando
sobremanera el dramatismo latente en los lienzos. El crío aparece
descalzo sobre arena, con los ojos cerrados y el pecho firme al
frente, preparado para morir, decidido a ofrecer su vida sin
resistencia. |


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Con estas
obras, ambas artistas nos introducen en el mundo del terror y la
tragedia. Daniela desde una perspectiva irónica y política,
ahondando en las emociones contradictorias que producen la
presencia de la imagen bondadosa de SantaClaus y su
contrapunto, el miedo y la sinrazón de los actos terroristas.
Hildegard, aproximando la infancia al horror, en un intento de
plantear sin tapujos la verdadera e injustificada esencia del
fanatismo terrorista: la destrucción.
Así pues,
aunque perturben, alteren y nos indigeste el turrón navideño,
hemos de agradecer su esfuerzo por no arrinconar las pesadillas y
frentes de batalla que siguen abiertos, en la actualidad.
Afganistán,
Angola, Argelia, Birmania, Burundi, Cachemira, Colombia, Congo,
Corea, Costa de Marfil, Chechenia, Filipinas, Guinea Conakry,
Kosovo, Guinea, México, Nagorno - Karabaj, Nepal, Nigeria,
República Centroafricana, Sáhara Occidental, Senegal, Somalia, Sri
Lanka, Sudán, Timor, Uganda y Zimbabwe, las llamadas guerras
olvidadas del siglo XXI, siguen sufriendo, pese a estar en
Navidad.
Ana Robles
2006
fotografías
de Ana Robles por cortesía de la
Biennale Internazionale dell’Arte Contemporanea,
Florencia.
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Exposición
the ripper. Hasta el 31/01/06. Galeria Alfredo Viñas, Málaga.
Reencontrarse con Francisco Peinado siempre es un placer en cuanto
a lo pictórico, toda vez que ahoga las convenciones de la técnica
y condena sus propias pinceladas a un malvivir de veladuras
imposibles y más de una desaparición por encharcamiento. Tal es el
modo en que aplica el pigmento sobre la tela o cualquier soporte:
con ensañamiento (evitando que anteriores colores puedan si quiera
respirar, dejando sólo el rastro de su extraña textura).
Exceptuando las acuarelas y otras sutilezas en las que nunca es
del todo Francisco Peinado, este pintor ejecuta sus obras
espesando el brillante lodo en que se convierten sus armas
oleaginosas, y aplica una sobre otra las capas de sucesivos
encuentros, produciendo un confuso efecto de arrepentimiento
constante, un quimérico estado de ansiedad pictórica, que sólo
descubre quien con malsana curiosidad se acerca demasiado.
Y si esta práctica ambigua, antiacadémica, visceral, es ya de por
sí placentera; más nos seduce aún el objeto secreto de
sus cuadros. No es nuevo que este artista nos hable de sordideces y
oscuridades del alma, en todo caso constituye una constante
deliciosa. Pues es en este terreno donde, inevitablemente, se
encuentra tan lúcido y produce fábulas de viciada espesura.
Particularmente pienso que su virtud en este terreno
de suspense y amarguras fue, casi siempre, la característica forma
de ocultar el nudo de cada historia, en una extraña
narratividad que nos priva de conocimiento abordándonos tan sólo
con desenlaces. Agoreros. Y gran parte de las veces, lúgubres.
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En general,
Peinado recurría hasta ahora a un imaginario particularísimo rayano en la
iconografía popular –historias marcadamente locales muchas veces,
cuentos de gitanos, pequeños sucesos que desbordan su propia
esencia para resolver en leyendas-. Lo que distingue esta otra
propuesta –the ripper, el destripador- es la recurrencia a
un icono ya universal, desguazado incontables veces por el
cine, las series B, la literatura de ficción y
hasta la literatura-realidad (el supuesto diario de Jack el
Destripador, publicado a bocajarro como una más de tantas novelas
del género policíaco).
El gran público (este tipo de delicatessen siempre van
dirigidas a él) contemplaría hoy los desmanes de Jack
the ripper con ojos ávidos de una macabra artisticidad.
El sentido funesto de la obra de Jack no restaría –según
unos especialísimos parámetros de belleza, diversión, entretenimiento-,
por tanto, valores como estética o estilo. Cada vez más, una
ingente muchedumbre de espectadores acude a la gran pantalla
a sufrir (disfrutar pues) el hiperrealismo del horror –donde
las cotas últimas aún no han sido fijadas-, en que unas mentes
harto clarividentes diseñan apocalípticos planes de aniquilación
carnal (El silencio de los corderos y sus secuelas,
Seven, Saw…).
Lo que Peinado hace con esta serie de obras (que no dejan de
escalofriar en más de un caso) es, en parte, acercarse al lado
artístico del asesinato. Figuras como Alfred Hitchcock ya vivieron
obsesionadas con la peculiar y supuesta belleza del crimen,
proporcionándonos escenas irrepetibles que no habrían visto la luz
sin partir de esa pasión. Viendo el lebrillo (Puta, puta), el colchón
(sin título) o el altar de los sacrificios (El menú) que
el artista ha
elaborado –en una faceta que a pesar de las tres dimensiones
resulta tan pictórica-, se diría que se ha acercado peligrosamente
a los límites, y casi que ha experimentado el ritual dionisíaco que subyace en estas historias.
En tiempos en que cierta clase de violencia cotidiana está
desgraciadamente a la orden del día, este tipo de evidencias –la
sangre y el insulto ante nosotros- no puede sino glosar, una vez
más, el extraño mundo en que vivimos.
Pedro
Alarcón, 2006.
fotografías por cortesía de Galería Alfredo Viñas
www.alfredovinas.com
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