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lafresa_
revista hiperbreve de arte contemporáneo
[ARCO 2006] |
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“El roce de un ala de mariposa cambia el curso de las estrellas”.
Sentencia Zen
Me hubiese gustado
hablar del color protagonizado en ARCO´06 por Marcus Weggenmann, Pedro
Calapez o José María Yturrialde, pero he preferido esperar a otra
ocasión o tema propuesto en lafresa y dedicar estas palabras a
tres delicadas presencias que me han socorrido como bálsamo contra la
saturación y la esquizofrenia de otros autores; me refiero a Alex
Lieber, –galería Rolf Hengesbach, Colonia- Curro Ulzurrun y
Pamen Pereira – galería Trinta, Santiago de Compostela-.
Todas las obras
tienen en común un punto de ingravidez y sutileza que se aleja de escaparates provocadores de mal gusto y acogida
multitudinaria.
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Personalmente, prefiero pasear de puntillas entre el paisaje de
Alex Lieber (Dusseldorf, 1960),
con sus alegorías de la arquitectura en presencias suspendidas,
construcciones fabricadas de recortes de cajas de cartón de uso
cotidiano, que fortalece con pequeñas láminas de madera
ensambladas, formando la estructura interna de un horizonte urbano
de gran potencial.
Las piezas encajan como fragmentos de un tetris imaginario;
Lieber plantea un orden abierto para ofrecer una nueva visión del
mundo, transformando la arquitectura en escultura de perspectiva
múltiple, que crece fuera de si misma, proyectando su actividad en
el espacio- tiempo de cada individuo.
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Elijo, sin duda, detenerme también ante las múltiples metáforas y
ficciones presentes en las esculturas de Curro Ulzurrun (Madrid, 1959)
y reflexionar sobre su sentido, como lo hago ante esas máscaras
nigerianas de factura artesanal que se muestran como pasaporte
entre tribus; las casas nido, la escalera y la silla de Ulzurrun,
de extraordinaria riqueza y sensibilidad, aparecen como
construcciones imaginarias en búsqueda de algún rasgo o aspecto
vivo en lo primitivo, lo indígena, presentando, a base de ramas y
plumas, visiones de un mundo idílico, más depurado y quizás más
civilizado que el propio.
Podemos imaginar al artista – antropólogo en relación íntima con sus
piezas, resolviendo cada elemento desde la libertad de lo
subjetivo que plantea la observación individual, el universo
propio. Contagiados de su espíritu, nos detenemos una y otra vez
en los detalles, aguzando la visión microscópica y retentiva que
nos permita abandonar la obra sin perder su esencia.
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Finalmente, busco la energía que recoge y transforma
Pamen Pereira
(Ferrol,
1963)
en sus manos. Su obra Casa, palacio, templo, tumba, realizada
con raíz, pasta cerámica y pan de oro, nos inicia en la enseñanza de
la alquimia oriental. Recuerdo cuando empecé a interesarme por la
sabiduría Zen y a entender que la vida no se mueve dentro de carriles;
es libertad de espíritu. Entonces, comprendí qué significa ser como el
viento y moverse sobre la superficie de la tierra sin detenerse,
adaptándose siempre a progresos y retrocesos. Con la presente obra,
iniciamos este dejarse hacer, el proceso alquímico que da lugar
a la vida y la muerte; sin miedo, sin temores. Así es como lo efímero,
detenido en el instante presente, trasluce la eternidad en la que
flota. Ante la pequeña casa–palacio-templo-tumba, apreciamos
que todo está profundamente interconectado.
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Cómo diría,
Dokushô Villalba -Maestro
budista zen- Pamen sabe expresar cómo “fluyendo en el
instante eterno se nos va la vida, se nos envejece el cuerpo y los
muebles y los ojos se nos deterioran de tanto usarlos hasta que esa
corriente cálida del espíritu nos rapte en el momento de la muerte
para elevarnos, águilas sin alas, hasta el corazón del vacío”.
Ana Robles, 2006.
fotografías de Pedro Alarcón, por cortesía
ARCO - Ifema,
Galerías Rolf Hengesbach y Trinta.
www.rolf-hengesbach.com
www.trinta.net
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[ARCO]
daniel ubertone |
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Este no ha sido el año de la omnipresencia de la fotografía, desde
luego.
En realidad estaba todo muy mezclado en ARCO, lo cual de un lado
podría desorientar –no hay gurús, ¿no hay tendencias?- y de otro nos
proporciona una mirada más libre. |
Es bastante
emocionante, en cierto modo (y no me importa pecar de ingénuo hablando
de esta feria como si fuese el escaparate de lo universal durante al
menos unos días) presenciar un momento de investigación en la
fotografía, disquisiciones de lo formal y lo estructural en un campo
tradicionalmente limitado al mundo de lo bidimensional. |
En cierto modo, a la foto le está ocurriendo lo que a la
pintura, que se embarca en rebasar los límites hasta fundirse con
otras concepciones que incitan al espectador a una percepción menos
pasiva.
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Parto del fuerte impacto que ha provocado la concepción poliédrica y
medidamente desordenada de Isidro Blasco (Centro de Arte Caja
de Burgos y galería Fúcares, Madrid-Almagro). En principio me remito
sólo al impacto natural en el público, que ha merodeado olfateando en
torno a sus extraordinarios andamiajes pseudoescultóricos como quién
contempla una fabulosa maqueta –la sensación de estar frente a un
microcosmos de lógica interna, completo, cerrado-. En su obra existe
esa visión escultórica-arquitectónica que con tanta complacencia
seduce a la muchedumbre, en una suerte de efecto Guggenheim.
Encuentro una fascinante deconstrucción –cuidadosamente
planificada, en una tectónica de elementos que semejan orgánicos,
expansivos, no limitados en su crecimiento- y al tiempo una solución
que no puede ser la definitiva en los sistemas de representación.
Plantarle cara a una fotografía de Isidro Blasco (teniendo en
cuenta de que en realidad estamos viendo toda una tesis, toda una
colección de imágenes, toda una exploración de un espacio) supone
enfrentarse frontalmente a ella (para el hallazgo de una imagen por
demás cotidiana, probablemente anodina) pero también la ilusión de
adentrarse físicamente e incluso barajar la posibilidad de
atravesarla.
Isidro Blasco fotografía un escenario sin personalidad
aparente (un interior muy común, puede ser una cocina o un dormitorio;
un exterior estándar, cualquier calle de cualquier ciudad), y lo hace
mirando a todas partes, segmentando muchas posibles formas de mirar,
en distintos enclaves, usando distintos puntos de fuga. Y desafía al
sistema objetivo de la representación cónica, y retoma el mito
imposible de la simultaneidad de visiones pretendida con la pinturas
de los antiguos cubistas –aquellos señores de concienzuda parsimonia
en su trabajo-.
Luego construye el engranaje al descubierto, un auténtico
esqueleto lígneo que me recuerda fugazmente a las esculturas de
Jared Pankin (galería Carl Berg, Los Ángeles), de igual concepto
centrífugo pero de intención sobria. Sobre éste esqueleto,
absolutamente desnudo, ensambla las fotografías debidamente adheridas
a planchas de madera, y nos deja construcciones irregulares y vívidas
que, en último lugar, nos acercan al reservado íntimo de lo habitado
por el artista.
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Luego me alegra toparme con las composiciones de Eloísa Sanz
(galería Aele-Evelyn Botella, Madrid) que, en un modo más desenfadado
–casi lúdico- interpreta la fotografía como textura para una
escultura. Una especie de piel –colorísta, contrastada, multiforme-
para el metal plegado varias veces o el papel que reinterpreta el
collage.
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Tomoko Takahashi
(galería Pedro Cera, Lisboa), por su parte, parece evocar los
ensamblajes fotográficos de David Hockney, evidenciando que apenas hay
nada nuevo y que estas historias empiezan a tener su propia mitología.
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Finalmente, podríamos indagar en las especulaciones estructurales de
la fotografía sin desbordar el espacio fingido de las dos dimensiones.
Tenemos, de un lado, el límpido Roland Fischer (Centro de Arte
Caja de Burgos y galería Max Estrella, Madrid), que sólo con maridar
dos imágenes cubriendo la una con la otra –en un nivel de
transparencias exquisito- crea profundas ilusiones espaciales en
entornos redescubiertos; la Alhambra o la Catedral de Burgos filtradas
por una mirada nueva. De otro lado, Dionisio González (galería
Max Estrella, Madrid) persiste en su empeño digital de proponer
vertebraciones ideales entre la arquitectura popular y la de élite,
fusionando diferentes planos fotográficos para concluir en un
resultado cuanto menos asombrosamente barroco.
Pedro Alarcón, 2006.
fotografías de Pedro Alarcón, por cortesía
ARCO - Ifema,
Centro de Arte Caja de Burgos, Galerías Fúcares,
Aele-Evelyn Botella, Pedro Cera, Max Estrella.
www.cabdeburgos.com
www.fucares.com
www.galeriaele.com
www.maxestrella.com
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[ARCO]
daniel ubertone |
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Todavía recuerdo la insulsa conmoción que impactó en la prensa
generalista cuando, emperifollado como una cría de guardería, Grayson
Perry recogía su flamante premio Turner (ese codiciado galardón
que automáticamente se convierte en garantía de éxito y pasaporte a
los centros de arte más chic del entramado expositivo). Todas
las notas de prensa aludían a la guisa del artista, algo así como que
un travestido gana el premio Turner... Muy pocos se detuvieron
en observar de cerca las cuidadas porcelanas, y los más se recrearon
en los motivos pornográficos que vestían su superficie. Suele ocurrir
que los gestos más teatrales se insuflan de notoriedad y llenan las
portadas o los informativos televisados (como ese Cristo con misil de
ARCO), indiferentes a lo artístico. Entre todos encumbramos una obra
con nuestro gesto, alentador o despreciativo, y no hay mejor difusión
que un atisbo de polémica.
La realidad es que Perry –o sus incondicionales devotos- ha
revalorizado el arte de la porcelana –y con ella la cerámica- hasta
augurar un porvenir esplendoroso. De modo aún discreto, son ya algunos
los ejemplos que en el arte de hoy se vehicula esta disciplina, de
forma que la técnica en sí misma encauza conceptos como otras técnicas
difícilmente podrían hacerlo. En la farándula presumida de ARCO (donde
acudo para besar el santo, para mirar sin comprar o comprar sin mirar,
y también por qué no para estrenar unos bonitos Manolos),
disueltos en la orgía de pinturas a bocajarro y fotografías de toda
edad, he descubierto apenas unos oasis de tierra cocida. Y me han
encantado, ¿saben?
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El primer latido exultante vino a mi pecho nada más iniciar mi
andadura, entrando por el pabellón nueve como debe hacerse para
afinar las neuronas con lo más emergent (esta palabrilla es
que últimamente está en boca de toda condición). Eduardo
Sarabia, mexicano criado en California, arrincona en una
esquina de la galería I-20 (Nueva York) unas preciosas vasijas de
cerámica realizadas según el gusto popular.
Tienen todo el estilismo blanquiazul de la cerámica granadina
exportada en tiempos coloniales, un perfecto vidriado y un dibujo
airoso y pleno de gracia. Ahora son un repertorio de ida y vuelta.
Es difícil imaginarse a un californiano horneando este tipo de
enseres, a no ser que reparemos en la iconografía de los
recipientes: Hojas de marihuana, cajetillas de tabaco, pistolas y
otras armas al uso, tequila, y unas exuberantes sirenas de las que
ostentan los camioneros en el parabrisas de su diario peregrinar.
Lo que hereda Sarabia de Grayson Perry es, sin duda, esa capacidad
para dotar a la cerámica de nuevos contenidos (o no tan nuevos); y
lo que aporta es la visión más popular, más de
cerámica-souvenir, con ese regusto mejicano que a todos
encandila. Así se hace amable y directo el trasunto del mercado
negro, el narcotráfico y la prostitución, lacras de aquel mundo
–pero no lo olvidemos, también de éste-.
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También en la línea transgresora –aunque teniendo en cuenta
la escasa incidencia que empieza a tener este término- me topé con
las terracotas de Cuco Suárez, en el stand de la galería Espacio
Líquido (Gijón). El artista usa las vasijas cerámicas como campo
de experimentación y soporte para la fotografía digital –queda
mucho por hacer, como ven-, aunque a primera vista tienen un aire
tan griego. En la línea de la cerámica clásica de figuras rojas
sobre fondo negro, y orlados de motivos meándricos y similares,
Cuco Suárez fusiona guarrerías digitales extraídas directamente de
la pornografía más cutre, sobre las que previamente ha incluido su
autorretrato por medio del retoque photoshop –qué
herramienta tan útil hoy día, que dirán algunos-.
Y aunque debiera escandalizarnos –cosa que aún ocurre en algunos
que no saben aún de qué va esta feria- no puedo sino recordar los
ejemplares del Museo Arqueológico Nacional de Atenas, donde pueden
excitarse las mentes más insanas con el popurrí de
posturitas y desfases sexuales que distraía a los helenos y hemos
encerrado en vitrinas, en nuestro afán sacralizador. Si echamos un
vistazo al resto de la producción de Cuco Suárez, tan de
instalación y vídeo, nos percataremos de que muy probablemente
esta incursión en el barro vidriado no es más que un ejercicio de
estilo o un divertimento.
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Tras varios paseos dando tumbos entre megacuadros de laca sobre
aluminio, vídeos intrascendentes en los que me niego a esperar a
ver si ocurre algo, fotografías de una sosez casi reivindicativa y
un enorme vacío dejado por la escultura (que estará en algún sitio
llorando por las esquinas), me topé con los cacharritos para el té
de Bonnie Seeman (galería OMR, México).
En principio sufrí un efecto dejavú (¿se escribe así?) que
me colapsó unos segundos, y luego en casa pude comprobar que la
norteamericana ya había expuesto este tipo de elegantes enseres en
ARCO 2005. No puedo resistirme a la tentación de comparar estas
truculentas teteras con un fabuloso streeptease de Robbie
Williams (Rock Dj) que hubo de ser censurado a tiempo en
Estados Unidos (¿Recuerdan que el cantante, de profunda voz
polivalente, se despojaba de su propia piel y hasta de su hermosa
musculatura hasta quedarse en los huesos?)…
Ese encuentro surrealista entre hojas de lechuga, cartílagos y
tendones, músculos varios, rúcula y ternillas, sobre la silueta
clásica de los juegos de té, no puede sino tildarse de lúcida
aventura. Lo mejor es que tienen ese tufillo kitsch de lo que se
puede guardar en las vitrinas caseras, y al tiempo esa
deseperación por rompernos los esquemas. Muy comprable, por
supuesto.
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He dejado para el final el plato más exquisito, en mi opinión. Se
trata de los paneles cerámicos de Roy Kortick (galería Wetterling,
Estocolmo), livianos y pequeños, un poco casual-wear,
perfectos para cualquier rincón.
Totalmente despojados de los tópicos del arte cerámico, son una
sentida muestra de fusión con el espíritu de lo pictórico, el
collage y el bajorrelieve; se aderezan de una iconografía
entre lo mítico y lo orgánico, y dejan escapar un aroma a
nonfinito que los hace más sugerentes si cabe.
Este año andaba tan convencida de que iba a dejarme arrastrar por
las corrientes de los new media (ya saben que siempre les
rehuyo, me había prometido penitenciar mi alma con proyecciones),
y sin embargo acabé suspirando junto a floreritos, teteras,
azulejitos y otras delicias. Y es que cuando pasé por The Black
Box hube de huir despavorida una vez más. Sólo el nombrecito ya da
grima –a otros les da miedo-, y creo que se desmarca demasiado de
mi idea de feria. La caja negra es una brecha de oscuridad en la
ciudad-mercado de Ifema, un terreno experimental para la gente más
paciente (entre los que saben no me encuentro) y, por encima de
todo, no me apetecía nada.
Elektra, 2006.
fotografías de Pedro Alarcón, por cortesía
ARCO - Ifema, Galerías I-20, Espacio Líquido, OMR y Wetterling.
www.i-20.com
www.espacioliquido.net
www.galeriaomr.com
www.wetterlinggallery.com
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[ARCO]
enrique zabala [www.enriquezabala.com]
[00e00.blogs.com/spanish] |
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Prefacio: La
contracrónica
Este año no he ido a Arco, ay, me he quedado a mitad de camino. Ya sé
que he sido el único, que por allí ha pasado la España cultureta más
distinguida (digamos mejor esnob, que queda más interesante).
Ya sé de sobra que Arco es uno de esos saraos artísticos donde no se
puede faltar, que se ve mucho, que se habla mucho y que se conoce
mucho… Pero tengo tantas cosas en la cabeza últimamente, estoy tan
saturado de sensaciones artísticas, que lo último que me hacía falta
era una sobredosis de imaginería contemporánea. Lo siento, he huido de
su vorágine devoradora, me he alejado de sus dimes y diretes, sólo he
leído –y tampoco tanto no crean, me canso también de leer, palabra por
palabra, las mismas cosas en diferentes medios: que si los 25 años,
que si es el fin de una etapa y el último de Gómez-Baeza, que el
mercado está estupendo, que hay mucho optimismo, que faltan galerías
andaluzas, que sigue siendo una feria de segunda fila por detrás de
las de Basilea-Miami o Londres, que se ha perdido el tren del arte
sudamericano,y bla bla bla….– |
Estoy cansado, también, de la polémica mediática de todos los años, de
la obra más controvertida y fotografiada (en esta edición esta suerte,
para alegría de su galerista, le ha correspondido a una pequeña
recreación de Óscar Seco que representaba a Cristo aleccionando con un
misil, una obra que se vendía por 3000 euros…Y que al final se ha
quedado el avezado dueño del stand vistas las magníficas y
controvertidas repercusiones de la instalación…) Como estoy tan harto
y las conclusiones me parecen tan previsibles….
No quiero escribir sobre Arco 2006, que no me sale....Para despejarme,
me fui a Almagro a disfrutar de una exposición, la de Marina Abramovic,
que es, justito, lo contrario a Arco: reflexiva, pausada, discreta,
consecuente, digerible…Una muestra autoanalítica que nos mete casi sin
querer en el complejo mundo del Arte de acción; una antología de
videos performativos que nos introduce de lleno por los derroteros más
conceptuales de la creación actual. |
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Marina Abramovic / 7 vídeos performativos, una aproximación a su
obra. /
HOSPITAL DE SAN JUAN DE DIOS / [espacio de arte contemporáneo de
Almagro]
MARINA ABRAMOVIC,
Paseando sobre cristales rotos
No hay límites, no hay distancias, no hay barreras.
El cuerpo como experiencia artística, el arte como excusa de la mente.
No hay dolor, no hay miedo, no hay respuestas
El
autocontrol o el descontrol.
Todo o Nada.
La Vida o La Muerte. |
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Quizás sea la performer más conocida de hoy en
día. En convicción, en credibilidad, en osadía, nadie la supera.
Explora, explora y explora hasta tensar con ambición la resistencia
humana. Su frontera está en lo que es capaz de sufrir sin perturbarse
mientras su cerebro aguanta como un bastión de acero. Marina Abramovic
asciende como una mística contemporánea convencida de que su
comunicación con Dios es una lucha interna de pérdidas irreparables.
Aun sabiendo que toda autodestrucción es un modo de tentar a la
inmortalidad, de ir contra el signo de la vida, de acariciar sobre el
cuello propio la hoja afiladísima de la navaja… Cree ciegamente en lo
que hace. Nunca duda, no hay pasos atrás. Lo suyo es una constante
perfección espiritual, una batalla perdida de antemano, funambulismo
hacia la perdición con el arte como lenguaje y su cuerpo como medio de
expresión. Sabe que no hay red, y eso es lo que más le atrae. Sabe que
no hay segundas oportunidades, y esa es su mayor argumento, un
estribillo repetitivo que demuestra que no le importa ni el dinero, ni
el reconocimiento, ni la vida. No le importa nada, sólo quiere acallar
sus voces interiores que gimen como demonios.
Experimentando con su propio cuerpo se aventura en
riesgos insospechados que dejan perplejos a propios y extraños. Busca
alcanzar con sus actuaciones un estado de ataraxia nívea que la
mantenga durante algunos segundos -a veces minutos, a veces horas-
por encima del bien y del mal, a mil kilómetros de las sensaciones
dóciles y acomodadas. |
No es un ser superior, ni lo pretende, todo lo contrario, sabe que la
existencia humana está plagada de contradicciones e intenta revolverse
contra esas líneas absurdas de comportamiento humano, contra esos
prejuicios ilógicos que marcan pautas y planteamientos vitales.
No quiere que nadie la entienda, no protesta contra nada, no quiere
que nadie la juzgue; sólo pretende, a través del arte, evidenciar los
miedos y las miserias de nuestra sociedad. Nada más. En sus
performances no hay una narración lógica, no hay un final entendible,
no hay una enseñanza didáctica. Su arte es un cúmulo de tensiones, de
sensaciones y de vivencias unificadas por el poder de una acción
puntual cuyo único objetivo es llevarnos a una reflexión personal.
Marina Abramovic, a sus casi 60 años, es un prodigio de esfuerzos
artísticos. Su arte, sobre todo, es una actitud ante la vida, un modo
de fe, una apuesta por las posibilidades de la mente humana.
Sus acciones no son fáciles, incluso descontextualizadas, los
desconocedores pueden ver en ellas masoquismos de distintos calibres o
una neurosis bien afianzada. Pero no es el caso, a poco que se conozca
algo sobre esta performer, a poco que se sepa que es una de las
más reconocidas creadoras del momento y se miren sus vídeos con
interés, se descubre una reflexión profunda sobre los miedos y
prejuicios de nuestra sociedad, sobre las carencias y debilidades de
los seres humanos. |
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Los vídeos uno a uno:
THE
ONION, 1996.
Vemos en un primer plano la cara de Marina Abramovic.
La artista, con la mirada perdida hacia arriba -con una mirada
misericordiosa al modo de las piedades renacentistas- , se muestra
entre escéptica y desganada. En su mano derecha porta una cebolla que
empieza a morder con apatía, con desinterés. Poco a poco va
apareciendo el sufrimiento; en su rostro se va evidenciando el
esfuerzo supremo que significa comer algo tan desagradable.
Vemos, muy despacio, como su expresión se retuerce de
dolor, como el padecimiento es cada vez más evidente, como las
lágrimas afloran en sus ojos...
Como un ser purificado que realiza un gesto
catártico para la sociedad, Abramovic come una cebolla para salvar a
la humanidad del pecado original (recordemos que Eva comió una manzana
y ahí empezaron las penurias mortales de los seres humanos.) Con este
engullir doloroso (y engullir viene de gula) la artista cierra el
círculo de padecimientos que abrió la primera mujer con su osada
torpeza.
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THE HERO (PARA ANTONIO), 2001.
Esta acción se
realizó en una dehesa de pinos en Vejer de la Frontera (Cádiz), en
la Fundación Montenmedio. Sobre un caballo blanco la propia Marina
Abramovic hace ondear una gran bandera blanca.
Esta performance
podría interpretarse como un alegato a favor de la paz, en contra
de todas las guerras. Es interesante saber que el padre de la
artista fue militar y que al ser serbia, nació en Belgrado, vivió
con especial sensibilidad el conflicto bélico de los Balcanes.
Por supuesto, esta acción me pareció un discurso contra la guerra
de los Balcanes mucho más convincente -más poética, más profundo,
más real- y menos truculento que la premiada película La vida
secreta de las palabras de Isabel Coixet.
Aprovechando el viento, un elemento habitual de
la costa gaditana, desarrolla esta acción mimetizándose con las
características naturales del medio en el que se encuentra (esa es
una de las premisas que plantea Montenmedio a los artistas que
participan en su colección: aunar arte y naturaleza).
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STROMBOLI, 2002.
De nuevo un primer plano de Abramovic. Tendida sobre la
playa, con los ojos cerrados, deja que el agua marina moje sus
cabellos y su cuerpo. Se oye el mar, se escucha el silencio de la
orilla. El mar apacigua, relaja, purifica, limpia los pensamientos.
Cuando nos tendemos en la playa lo hacemos de manera
longitudinal al mar, sobre la arena, tomamos el sol pero no sentimos
el mar. La artista se tiende en la frontera, entre el agua y las
pequeñas piedras, al límite, de manera paralela a la línea de la
costa.
De todos los vídeos presentes, este es el último
que realiza Abramovic. Si nos detenemos un momento a compararlo con
sus performance de los años setenta, observamos como con los años las
acciones se han vueltos cada vez más abstractas, más pasivas. La
artista se limita permanecer, a evidenciar. Cada vez se aleja más del
espectador para recrearse en su mundo personal. Cada vez cobra más
protagonismo el SER / ESTAR en detrimento del ACTUAR.
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IMPONDERABILIA, 1977.
En esta primera etapa de performances del dúo
Abramovic-Ulay, su arte compartido, común, es más activo, está
más relacionado con galerías y con la respuesta de un público que
asiste a la acción. Es un arte más subversivo, quizás más vivo desde
el punto de vista político.
En la entrada a una sala artística se sitúan los
artistas desnudos.
Vemos en la acción como la gente que acude a este
espacio rompe, obligada, forzada, el tabú que significa una distancia
social mínima de cortesía, esa zona de privacidad que las personas
disponemos como refugio en nuestras relaciones sociales a excepción de
la intimidad.
Es una invitación a superar la vergüenza pública que
sentimos al despojarnos de las ropas. Es una incitación a desnudarnos
-en el profundo sentido del término-, y a tocarnos, a acercarnos más
unos a otros.
Abramovic y Ulay se muestran desnudos, vulnerables, sin
engaños, sin ninguna intención. Sólo intentan invadir el espacio
corporal del visitante al obligarles a rozarse con ellos.
Con esta performance se potencian nuevas sensaciones
artísticas más allá de las visuales, se exploran nuevos sentidos y se
obliga al espectador a participar en la acción.
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INCISION, 1978.
Otra acción conjunta entre Abramovic y su compañero
sentimental, Ulay.
En un espacio cerrado, Abramovic contempla con asepsia
la escapatoria imposible de Ulay. Una evasión irrealizable porque
grandes gomas impiden su avance.
Ulay prueba una y otra vez, como si no fuera consciente
que está prisionero, como si no se diera cuenta que unos resortes no
le dejan avanzar.
Ambos están atrapados, con un gesto ajeno,
manteniéndose de modo mecánico en su posición. Él, como Sísifo,
condenado a repetir la misma acción eternamente. Una huída imposible
hacia ningún sitio. No avanza, una fuerza inexplicable se lo impide.
Ella, silenciosa, no puede hacer nada porque parece insensibilizada.
En un momento de la acción, para romper esa tensión
insostenible, alguien ajeno golpea con violencia a Abramovic. No se
inmuta, no padece, cae al suelo y se levanta con parsimonia.
Subyace quizás en esta acción una crítica social a las
supraestructuras que nos limitan, a esos organismos superiores que nos
obligan a realizar acciones sin sentido, que nos anestesian incluso
contra las adversidades más crueles. Podría interpretarse como una
silenciosa denuncia a las los poderes establecidos que nos impiden
pensar o ni tan siquiera huir.
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DRAGON HEAD Nº 1,
1989.
La mayor parte del
tiempo vemos en el vídeo un primer plano de la cabeza de Marina
Abramovic coronada por un nido de tres serpientes vivas.
La artista está
petrificada, no parpadea. Está concentrada mientras las serpientes
venenosas se mueven encima de ella. Se mueven muy despacio, se
rozan con su cara, con su piel. La acción es como una prueba, un
gesto de redención grupal llevando al límite la concentración, la
evasión mental. Un mínimo movimiento brusco puede ser mortal.
Convertida en una
Medusa contemporánea, su mirada impertérrita nos hiela. Cuesta
trabajo dirigir la vista a sus ojos, nos intimida, nos produce
repulsión, nos asusta.
Ni la cabeza de
Medusa que pintara Caravaggio resulta tan convincente.
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CLEANING THE MIRROR, 1995.
Esta acción puede
entenderse como una Vánitas contemporánea. Es recurrir a
uno de los temas más truculentos de a imaginería barroca con los
medios de expresión actuales: la calavera en particular y el
esqueleto en general son entendidos en la historia del arte como
un recordatorio de la brevedad de la vida, de la inutilidad de las
posesiones terrenales.
Abramovic está
tendida, desnuda, y sobre ella yace un esqueleto que se mueve,
acompasado, al ritmo de su respiración. El pálpito vital de la
artista activa el movimiento de la osamenta inerte. Es un trasvase
de vida, boca con boca, cuerpo con cuerpo. Muchos planos se
recrean en la mandíbula de la calavera, en su roce con la piel de
Abramovic.
Esta performance
incluso se podría asociar con la actividad de dos amantes
furtivos. Dos amantes desconectados, de mundos distintos –el mundo
de los vivos y el mundo de los muertos-, unidos por una
respiración común.
Sema
D´Acosta, 2006.
fotografías © Marina Abramovic |
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[galeristas
en ARCO]
unai requejo
[www.unairequejo.com] |
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¿Suponen cuánta feria, cuánto espectáculo se cierne, pasillo tras
pasillo, congregando masas en ARCO? ¿Se figuran stand +
stand; almidonados de enseres bajo códigos de galerías que se
multiplican al paso, proyectando las más diversas experiencias
psicoartísticas que se insertan en el disco duro, como oferta de
glotonería insaciable? ¿Sospechan cuánto contrato de compra-venta,
cuánto galerista agotado montando y desmontando obras en su particular
habitáculo? ¿Se aproximan al grado real de saturación que se siente,
tras seis horas de camino en zig-zag, yendo y volviendo sobre lo
andado, en un continúo fluctuar de ideas y conversaciones con acento,
preocupaciones y anotaciones dispares? ¿Comprenden qué supone buscar
entre cientos de bocas hambrientas, un hueco para devorar un minúsculo
trozo de pizza y ensalada y retomar la visita, con la extraña
sensación de no haber visto nada, a pesar de sufrir un rosario de
dolencias que indican lo contrario? ¿Se imaginan los latidos del
corazón en los dedos de los pies, las lumbares encrespadas, la sien
chirriante y una danza de burbujas agotadora en los ojos que
transforma la multitud en sombras indefinidas, vagas? ¿Perciben como
un último grado de lucidez mental nos lleva a abandonar la partida y
buscar la salida, como alma que lleva el diablo? ¿Y qué puede ocurrir,
entonces? Subir y bajar y no encontrar guardarropas que hagan
coincidir la ficha numerada con tus pertenencias, luchar contra marea
y errar la dirección, desechar la opción de esperar un autobús durante
no sé cuanto tiempo, que te lleve al metro y te libre, por fin, de
seguir más tiempo enjaulado; introducir nuevamente el ticket de
entrada en la máquina validadora para buscar una vía de escape
alternativa y escuchar la voz del vigilante indicando, “demasiado
tarde, señora, si sale, no puede volver a entrar”. Háganse una idea:
en ese mismo instante, ARCO comienza a mutar; lo que debía ser un
bonito día pleno de sorpresas agradables para una amante de lo
contemporáneo, evoluciona en pesadilla que trepa por la garganta
indigestando todo lo que está a su alcance y ensanchando las ganas de
gritar compulsivamente ¡Quiero salir de ARCO!
Ana Robles,
2006.
fotografía de Pedro Alarcón.
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