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lafresa_
revista digital de arte contemporáneo
[de los excesos] |
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Escrito a propósito de
VULGARIS.ARTE, Feria de Arte Contemporáneo.
Sala Endanza, Sevilla, febrero de 2007.
Lo
pequeño, lo íntimo y lo vulgar
(un
mini-ensayo contra el exceso de prejuicio)
Hay
categorías humanas que por su escasa dimensión, por su contravención
moral o por su inadecuación social son consideradas tradicionalmente
de menor envergadura que otras. Tendemos a infravalorar las tamaños
discretos -como si en un talla determinada se refugiaran los
significados válidos-, a esquivar lo que nos produce pudor (si nos
ocasiona algún tipo de vergüenza es porque nos importa) o a
menospreciar aquello que es de uso común por su cotidianeidad. Ni el
tamaño ni la exclusividad ni la intención se relacionan con la
calidad. Más bien al contrario: hay que recelar de los grandes
tamaños, de los gustos reservados y de las buenas intenciones
gratuitas. “En el arte las buenas intenciones no tienen el menor
valor. Todo el arte malo ha nacido de buenas intenciones” 1
dice Oscar Wilde en uno de sus libros más sentidos.
Una de las sorpresas más desconcertantes que los aficionados al arte
pueden llevarse es descubrir en la National Gallery de Londres el
minúsculo tamaño de El matrimonio Arnolfini pintado por Van
Eyck. La pequeñez le da grandeza. Sus exquisitas pinceladas,
pacientemente cosidas, son un ejercicio de orfebrería pictórica.
Benvenuto Cellini, el artista que hiciera el Perseo -una de las
mejores esculturas de la plaza de la Signoria
de
Florencia-, es también el autor de la más conocida pieza de oro
labrada en el Renacimiento, un minucioso salero que elaboró para el
rey Francisco I de Francia. Ni su uso diario como centro de una mesa
de comidas, ni sus minúsculas proporciones, restan brillo a su
atracción. Muy al contrario. Su utilidad, su uso cotidiano, lo
dignifica: pasa de ser una simple joya decorativa a un elemento con
personalidad propia.
Los gigantescos cuadros historicistas que alumbró la España
decimonónica evidencian una vacuidad tautológica: la necesidad de
exagerar el formato para impresionar, ante todo, por el continente.
Estos grandes lienzos que recurren a episodios nacionales terminan
resultando insustanciales, repetitivos, previsibles y anodinos. El
tamaño, en el arte, no sirve de nada.
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La esfera de la intimidad es otra de las categorías negadas por la
ortodoxia moral. Esta parcela arredrada por los tradicionalistas es un
terreno maravilloso donde los grandes maestros han dado riendo a su
ego más libidinoso. Uno de los casos más sintomáticos quizás sea el de
Gustav Klimt, cuyos miles de dibujos voluptuosos apenas vieron la luz
durante su vida.”Klimt entendía el dibujo en dos contextos: bien como
estudios preliminares para cuadros y pinturas monumentales, bien como
un medio autónomo donde sus obsesiones privadas creaban una imagen de
la mujer erótica. El paisaje, la arquitectura, los interiores, etc.;
nada de esto tiene importancia en los dibujos de Klimt”2
relata Gottfried Fliedl en uno de los estudios más exhaustivos sobre
el artista austriaco. Esta dicotomía define bien el binomio
público/privado que afecta al corpus completo de muchos creadores que
ante el miedo a represalias sociales, tienen que ocultar muchos de sus
trabajos por temor a las censuras del recato.
El origen del mundo
pintado por Courbet en 1866 tuvo que esperar casi ciento treinta años
para ser visto en un museo público. En junio de 1995 se exponía por
primera vez en el Musée d’Orsay de París. Este lienzo púbico
aglutina tanta leyenda como sensualidad y evidencia que el trastero,
la parte oculta de la vida particular de cada artista, es el lugar
donde se lixivian sus sueños, miedos y ambiciones. Buscando en las
casas o en los estudios es donde se hallan las facciones reales de las
personas que se esconden tras los cuadros.
Lo popular, lo extremadamente común, lo aceptado, lo excluido por los
cultos del momento, aquello que los bien educados niegan por general y
accesible, eso, lo vulgar, es el refugio del auténtico universo
humano.
Pongamos algunos ejemplos clarificadores. Uno de los emblemas actuales
de Pompeya, la ciudad romana que quedó sepultada por la erupción del
Vesubio en el siglo I, son las pinturas murales de los prostíbulos.
En estos lupanares latía con naturalidad el alma de la ciudad. Tanto,
que son los sitios que menos han cambiado y que mejor reconocemos hoy
día.
La torre Eiffel fue construida para
la Exposición
Universal de 1889 en conmemoración del centenario de
la Revolución
Francesa. Su gigantesca estructura de de hierro en pleno corazón de
París –pensada en un primer momento para ser desarmada una vez
concluida la feria de muestras y que al final se mantuvo por falta de
presupuesto para su desmontaje- conturbó a tradicionalistas,
intelectuales y aristócratas que se echaban las manos a la cabeza.
Maldecían escandalizados contra este engendro de la tecnología, contra
este esqueleto metálico que desarmonizaba con su intromisión el centro
urbano más hermoso de Europa. Hoy, nadie duda que este monumento es el
símbolo de la ciudad.
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Picasso pintó Las Señoritas de Avignon en 1907, justo un año
después que quedara impresionado por las máscaras africanas que pudo
ver en el Museo Etnológico del Trocadero. Esta visita -donde las
piezas coloniales eran exhibidas más como documentos científicos que
como manifestaciones culturales-, cambió el curso de la Historia del
Arte reciente. A partir de este momento, la mímesis occidental, punta
de lanza del academicismo, quedó desbancada por el feísmo de las
civilizaciones aborígenes. Los nuevos aires aventados por gente como
el propio Picasso, Braque o Matisse supusieron una revolución estética
que perdura todavía. Sirvan, en relación con la irrupción de estas
nuevas maneras en el arte del Viejo Continente, las palabras de un
artículo de Estela Ocampo “Un siglo atrás los objetos que hoy figuran
en una historia del arte africano, oceánico o americano no eran
considerados arte. La historia del arte no creía que fueran objeto
digno de su disciplina los objetos de culto, vestimenta, o
cotidianeidad de los llamados pueblos primitivos. El paradigma clásico
del arte era demasiado absoluto como para permitir que se produjera
una fisura por la cual entraran producciones humanas tan disímiles a
este canon.”3
El arte actual, por su propio bien, debe vulgarizarse, acercarse
al ciudadano, huir de la hipérbole intelectual y bajar de su torre de
marfil. Esto no significa que sus contenidos se conviertan en
argumentos escatológicos, faltos de modales o zafios. No. Todo lo
contrario. Lo que tiene que hacer es desdeñar la argumentación teórica
(en una explicación cabe cualquier justificación) para ahondar en los
valores estéticos y reflexivos. Simplemente. Todo lo que en el
pensamiento humano tiene explicación se relaciona con la filosofía. El
arte, la literatura o la música nos sirven justo para lo contrario,
para expresar aquello que no tiene comprensión. Como bien señala
Galder Reguera “no deja de ser paradójico que, cuanto más se convencen
los filósofos de la incapacidad fundamental de la filosofía para
responder a cuestiones a las que sí llega el arte, los artistas se
acerquen con más insistencia a la filosofía.”4 Si no
recortamos distancias entre el discurso sesgado de los que defienden
la intelectualidad frente a la percepción sensitiva, acabaremos
convirtiendo el arte contemporáneo en un terreno acotado donde sólo
tienen cabida los diletantes de salón.
La creación debe servir para buscar puntos de encuentro, espacios
mentales cohabitados que son puentes tendidos a satisfacciones
compartidas. La creación no debe estudiar la realidad, ni
interpretarla (el artista no es un entomólogo, ni un lingüista, ni tan
siquiera un sociólogo, bastante tiene con preocuparse por dar consuelo
a los bullicios interiores que soliviantan sus preocupaciones), la
creación debe obviar las responsabilidades extrínsecas para florecer
desentendida de culpas y presiones. El punto de partida siempre es
personal, unívoco, pero la validación del mensaje se construye en el
receptor. Esto no se puede olvidar. Si el código es ininteligible, el
proceso de comunicación es estéril, baldío. La verdadera aptitud del
arte está determinada por dos sendas: la primera, la autosatisfacción
sanadora que es capaz de provocar en el que produce. La segunda, las
metáforas que construye (o siente) el espectador. Esta difusión
pública es vital porque asienta la obra y la consolida por encima del
puro ejercicio hedonista.
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[1]
WILDE, Oscar. De Profundis. Editorial Círculo de Lectores.
Barcelona 2005. pg. 115
[2]
FLIEDL,
Gottfried.
Gustav Klimt.
Editorial Taschen. Colonia 1997. pg. 190
[3]
OCAMPO, Estela. Primitivismo y arte primitivo. Nueva Revista
número 80. Madrid 2002.
[4]
REGUERA, Galder. Heridas del ser. Revista Lápiz número 227.
Madrid 2006. pg. 64
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Sema D´Acosta,
2006.
fotografías de Edu D´Acosta.
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[caramelos
paco]
maría rosa jurado [www.flickr.com/photos/eldevenir] |
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Viendo una sola de las obras de María José Gallardo se siente
un intenso aturdimiento; una especie de incapacidad para afrontar esa
manera rabiosamente rococó de aglutinar un suntuoso racimo de
imágenes. Ante cualquiera de esas pinturas, que pueden producir
desprendimiento de retinas y corroer el resto de lo contenido en
nuestras cuencas oculares, percibo un efecto narcotizante –como en una
procesión barroca en que todos los sentidos se ven invadidos, desde el
olfato hasta el tacto-; y soy incapaz de detener mi atención, al menos
en los primeros instantes de contemplación, en algún centro de
gravedad. Porque los esquemas compositivos de esta pintora pacense se
sirven del horror vacui, del abigarrado exceso, como un
recamado e imposible manto macareno.
Se solapan los objetos, que flotan en la
superficie, al modo en que lo hacen también en las portadas de los
libros baratos de crímenes y misterios resueltos por ancianas. Al modo
en que se yuxtaponen en un catálogo del Corte Inglés para festejar una
semana fantástica, al modo en que se nos ha vendido siempre todo,
definitivamente. Porque María José Gallardo es, antes que artista,
consumidora; desconozco si en la compulsión de la mayoría, pero desde
luego partícipe del ciclo y conocedora de los entresijos. Puedo
imaginar el escepticismo con que la artista recibe el impacto
mediático de cada anuncio televisivo de perfume, cada pasión
incontenible del culebrón mediomañanero, cada oferta lujosa y
decadente de la teletienda; puedo casi adivinar las revistas de
adolescente que cayeron en sus manos hace unos años, incluso la
colección de literatura de bolsillo que ella y probablemente nosotros
hemos devorado. Cronista sagaz de una cultura y una subcultura que se
han fundido sin delimitar claramente los límites –la línea finísima
que separa lo ordinario de lo exquisito, tan difícil de situar a
veces-.
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Su ingenio la lleva a producir modernos retablos de un imaginario
femenino, con una ironía también barroca –perspicaz, penetrante,
sincera- que ahonda en ciertos estereotipos que se atribuyen a la
manera femenina de sentir. Como si existiese esa manera, como si
hubiese algo que identificase a la artista/mujer a diferencia de los
artistas/hombre… Ella pone en un brete los consabidos tópicos
asignados con denuedo, macerados a fuego lento por una cultura
machista y sin embargo matriarcal. Así, con un festivo enfoque,
encontraremos mujeres envueltas en un nihilista panorama de joyas
–piedras preciosas y perlas a mansalva-, bisutería, flores, zapatos de
tacón alto y besos de telenovela. Por no hablar de la visión descarada
que ofrece acerca del sexo estandardizado y siempre dirigido a
hombres. Para subvertir, lógicamente, un montón de teorías absurdas y
que sin embargo la educación de hoy todavía se afana en asentar.
Paradigma de una portentosa y sin embargo irónica confianza en la
mujer es la serie trofeos, donde las chicas sujetan entre sus
manos las presas obtenidas en fructíferas jornadas de caza; los
atuendos de estas chicas, claramente inspirados en la moda de décadas
pasadas o en entornos más o menos aburguesados/cortijeros,
recontextualizan la posición de la mujer en ámbitos sociales que le
fueron negados incluso en épocas de reivindicación. Quizá olvidamos
que estamos en una etapa de clara relajación al respecto, quizá
olvidamos el cariz malintencionadamente despectivo que se le ha
atribuido al ser feminista…
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El adhesivo reflectante sobre el que ella desliza sus pinceles al
óleo, un actualísimo pan de oro tal que aquellos iconos medievales, es
el escenario perfecto para el ruidoso plantel de alegrías vanas y
felicidades fingidas. No en vano, y para cuestionar las banalidades al
tiempo que las pone de relieve, en la pintura de María José se
desarrolla una ingente variedad de formas modernas de desarrollar el
nuevo estofado: Las mil y una técnicas de la purpurina.
María José ha entrado en la escena
pictórica en un entorno que le puede ser afable; justo en un momento
en que se valora –otra vez- a la pintura por su capacidad iconográfica
y su poder de representación. Encaja a las mil maravillas en un
repertorio internacional de artistas que concede un singular
protagonismo a la figuración jeroglífica, y que por el poder de la
asociación de las ideas es capaz, poderosamente, de contar un
pensamiento bien hilvanado.
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[de los excesos] maría del mar molina [www.molimoli.com] |
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Reer. Aunque mi nombre es Rufus Ernest Hermitage, aconsejo que se
dirijan a mí como Reer. De lo contrario no sé qué puede suceder. No
odio a mis semejantes tal y como preconiza la psicóloga de este
Centro, sólo que me siento mejor cuando no están cerca. Supongo que me
cansé pronto del refinamiento de mi familia y la resignación de la
servidumbre, por eso prendí fuego a nuestra ruinosa mansión de
Sherwood con todos dentro. Luego me propuse dilapidar la herencia en
tres meses, y casi lo consigo. En ese lapso tuve el placer de conocer
los vicios más caros que nadie ha osado imaginar nunca y eso fue mi
perdición.
Hannah. Aún ignoro por qué me enamoré de él si solía hacerme daño
con sus manos y sus palabras. Cuando no me propinaba una paliza en
presencia de los demás residentes, se arrimaba a mi oído y murmuraba
Yo no te quiero, Hannah. No obstante yo soy de la opinión de que Reer
no es malo del todo y de que todo es una pose. Por la noche esperaba a
que se apagara la luz para meterse en mi cama, decía que conmigo
lograba controlar sus impulsos e incluso dormir unas horas. Nuestros
cuerpos eran un engranaje perfecto y en sus brazos yo no reparaba en
mis complejos. Él constituía todo aquello cuanto yo podía necesitar.
Ada.
En momentos puntuales soy consciente de que habito un universo
paralelo. Nadie se explica cómo alguien con nombre de hada puede ser
tan ruin y mezquina. Si esta noche tengo la suerte de entrar en fase
rem y soñar un rato, me haré cargo de nuevo de que sufro un severo
distanciamiento de la realidad que me circunda. Nada ni nadie alcanzan
a importarme lo más mínimo. En grandes rasgos puede decirse que estoy
aquejada de un mal denominado compulsión porque hago las cosas con una
euforia escalofriante. Aquí recluida reviso una y otra vez todos mis
catálogos en espera de los pedidos. Hasta me sé de memoria el código
del millar de artículos que aguardo desde el semestre pasado con un
fervor inusual.
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Bob. Nadie a excepción de mí tenía conocimiento de los extraños
hábitos de mi padre. Cuando mi madre caía rendida después de fregar
cuatro portales y siete oficinas, él se hacía con una barra de carmín
y me bajaba el pantalón del pijama para pintarme en cada nalga una be.
Entre risas y oliendo a vodka aseveraba que Bob era el nombre más
hermoso del mundo y que yo debía estar orgulloso de él. Acto seguido
se subía la cremallera, me besaba en la frente y salía del dormitorio
sin mirar atrás. Todo lo acontecido en mi infancia explica que yo sea
ahora un ser despreciable. Aunque si he de ser sincero, diré que
desconfío plenamente de esta terapia a la que asistimos a diario los
cuatro y que no confío más que en poder robar un día de éstos el
corazón a Ada.
Sé que
no es demasiado ético que se diga, pero los chicos desconocen que tras
el espejo del salón hay una cámara de vigilancia. Soy el Doctor
Andreas Conninghaüsser, Director del C.T.E., Centro de Tratamiento
Experimental. Desde hace años estudio el vínculo directo entre los
palíndromos y las personalidades adictivas. Es descorazonador, pero he
llegado a la conclusión de que Reer, Hannah, Ada y Bob son casos
perdidos. En cuanto a Reer, no hemos encontrado todavía una
explicación lógica a ese afán suyo por destruir todo cuanto ama. A
Hannah le ocurre precisamente lo contrario, de ahí que ambos hayan
conectado tan bien. Su baja autoestima se torna de repente en
dependencia emocional y acaba siempre enganchada a cualquier persona
que osa acercarse a ella. Ada ni siente ni padece. Su psicopatía la ha
confinado a una realidad alternativa donde impera el silencio y el
consumo. A sus ojos todo es susceptible de ser ingerido y de ser
comprado y se muestra incapaz de contenerse. Bob continúa navegando
por Internet en busca de pornografía infantil sin saber que tiene
vetado el acceso a todas las páginas de moral dudosa. Eso es algo que
irremediablemente hará mientras viva. En definitiva, las dolencias de
todos y cada uno de nuestros pacientes no tienen cura. De hecho, Reer
saltó la tapia hace una semana y todos esperamos que en cualquier
momento regrese con una lata de gasolina y el insano propósito de
incendiar el edificio. Hasta que tal cosa ocurra cada cual combatirá
sus miedos como mejor pueda. Unos prepararán cartuchos de dinamita
meticulosamente y otros ocuparán las horas viendo películas de terror.
Nadie está a salvo de nadie en este denigrante vivir, tan lejos del
mundanal ruido.
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Nacho Albert, 2006.
fotografías de Pedro Alarcón por cortesía de CAC Málaga.
www.cacmalaga.org |
El relato está inspirado en la fotografía digital A.M.E.R.I.C.A. (2003), del
artista Carles Congost, exhibida en la colección permanente del Centro
de Arte Contemporáneo de Málaga.
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[de los excesos] neus marroig colom |
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Entre todos los espectros del glamour,
la decoración posee la carta de naturaleza suficiente para constituir
una de las obsesiones más antiguas, irreprobables y cautivadoras del
ser humano. O así lo quiero ver yo, el diseño de interiores como una
forma de reflexión, casi de terapia y hasta de psicoanálisis. La
dinámica de la reinvención y la reubicación para que podamos habitar
los espacios con naturalidad. Nada más sano pues que cambiar los
muebles de sitio, rescatar viejos objetos regalados que consideré
deleznables, relegar otros que adquirí yo misma porque no responden a
mis necesidades…
Particularmente, ando algo hastiada de la
línea pura, el monocolor y la contención japonesa; y no precisamente
por la falta de cualidades funcionales. El culpable de este nuevo y
fecundo terremoto interior es Jurgen Bey, que me lleva de nuevo a los
adamascados y las arañas de cristal de Murano un día enterradas por mi
empecinamiento en la interpretación más zen del espacio. Este
prolífico y personalísimo diseñador neerlandés, verdadero intérprete
de la modernidad bien entendida y de la tradición occidental más
exquisita, propone una reformulada sintaxis en que podemos visitar de
nuevo la experiencia barroca, en un síncope maravilloso que puede
embriagarnos con una efectividad palpitante.
Del mueble clásico acomete la
deconstrucción de la silueta, el volumen y el arabesco; del diseño
moderno aprehende todo lo que hay que tener en cuenta en torno a un
uso original de los nuevos materiales, la distribución vivificante de
los espacios y, como colofón, un regusto de aire refinado que aporta
la calidez necesaria y el suficiente punto de sofisticación para
conferir un resultado ecléctico pero lógico, brillante (¿se dieron
cuenta de la fértil sobreabundancia de adjetivos? Así de excesiva me
siento).
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Supo atrapar la atención del camaleónico Gaultier (uno de los más
apreciados en mi particular mitología) construyendo una bizarra y
excepcional pasarela para presentar la colección de alta costura del
verano de 2004. A partir de un versátil y refulgente tejido sintético,
verdadera segunda piel, recubre diversos elementos de mobiliario
antiguo –con los que el artista trabaja a menudo, ya como fuente de
inspiración ya como materia prima para sus relecturas de pasados
esplendorosos- deteniéndose con un singular deleite en los contornos
mixtilíneos, serpenteantes y contradictorios; capaz de rescatar los
valores más genuinos del barroco –el movimiento, la vida de la línea,
el juego de contrarios-, resume la finalidad última de un arte –el del
seiscientos, el del setecientos- que permanece latente en los
intereses de muchos creadores actuales. Mucho de esta singular
readaptación de lo barroco a lo nuevo tuvo su origen en su línea My
Castle, my Home en Slot Zeist (2001), donde una fibra elástica de
modernísima concepción engullía muebles de distinta procedencia pero
de un común interés por la silueta; recombinando las posibilidades
decorativas de cada objeto, y respetando no obstante el carácter
personal de cada uno, daba lugar a unas bellísimas pseudoesculturas
que nos hacen reubicar al artista/diseñador en diferentes contextos
expresivos.
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Una de las actuaciones más notables de Bey en el ámbito de lo urbano
fue Tokyo Daytripper (2003), un banco de asiento y al tiempo
escultura de fibra de vidrio que recoge muchos de los supuestos a los
que antes me referí. El resultado es histriónico, hilarante, de un
magenta estampado acertadísimo; una oda astutamente kitsch que sirve
más de reflexión sobre las posturas corporales que todos acometemos a
lo largo del día –una summa- que de mobiliario urbano como Dios
manda. Las formas emergentes acaban siendo deglutidas por un todo
realmente desconcertante, en un atractivo tour de force entre
las inevitables figuras inermes –representadas en los propios muebles-
y otras que sugieren vida, orgánicas, sinuosas, turgentes.
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Finalmente, sobresale del conjunto de la obra del estudio Jurgen Bey
una muy especial; se trata del escenográfico salón de recepciones del
edificio de la compañía Interpolis en Tilburg (2003), apropiadísimo
para conspiraciones secretas, confabulaciones, secretismos y
agradables horas de trabajo diplomático: Unos enormes sillones
orejeros que producen una inviolable intimidad con sus espléndidas
solapas, de silueta futurista, conviven de forma natural sobre
alfombras de inspiración persa y entre tapices de diseño
orientalizante. Así es, en resumidas cuentas, el trabajo de Jurgen Bey;
una provocación a los sentidos, una originalidad innegable y una
delectación sumida en los excesos pueblan sus intereses. Ahora puedo
suspirar, felizmente abrumada.
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Elektra, 2006.
fotografías de Bob
Negrijn por cortesía de Studio Jurgen Bey, Rotterdam.
www.jurgenbey.nl
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[suite]
maría rosa jurado [www.flickr.com/photos/eldevenir] |
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EXPOSICIÓN Realidades, Pierre
Gonnord. Museo de Bellas Artes, Sevilla. Hasta
21/01/2007.
EXPOSICIÓN Pierre Gonnord, Galería Juana de Aizpuru, Madrid. 09/01/2007
- 09/02/2007.
Hace poco, tomando un café distendido con Pierre Gonnord,
descubrí en el trato cercano un artista consecuente y sensible que me
maravilló por su entrega al trabajo. Pierre en la proximidad es
sencillo, llano, espontáneo y agudo. Habla con naturalidad de sus
fotografías, sin ditirambos, y demuestra ser, sobre todo, alguien que
se desvive por lo que hace. Para él su trabajo artístico no es un modo
de ganarse la vida, es un modo de vida. Sin más. Disfruta descubriendo
con paciencia, como un sociólogo ávido, las personas que se esconden
en el anonimato de las grandes ciudades. Empezó con las tribus urbanas
de jóvenes, continuó con los indigentes de la calle y en Sevilla -en
el proyecto que está desarrollando en las Tres Mil Viviendas-, va a
terminar fotografiando niños. No se plantea nada, no busca nada;
encuentra, evoluciona, halla. Las fotos van apareciendo en sus
vivencias diarias de modo lento pero constante, sin exigencias. Un día
puede hacer dos fotos y a la semana siguiente ninguna. Ahí se encierra
gran parte del misterio de lo que hace, en esa incertidumbre, en la
tensión de no saber qué va a encontrar. Nada es premeditado, nada se
prepara, la clave está en la sorpresa, en el descubrimiento, en estar
en el sitio justo en el momento exacto. Si por lo que sea no encuentra
elementos que fotografiar, ni se obceca ni se agobia, espera paciente
sonriente, cauteloso. A lo mejor esa mañana entabla charlas
interesantes que le hacen crecer como persona y eso le congratula
igual que cualquier retrato magistral que pueda conseguir, sabe que el
tiempo invertido ha merecido la pena. Pierre disfruta de la misma
manera comiendo unas alitas de pollo entre risas y cartones de vino
con unas señoronas de extrarradio que haciendo tomas en su estudio
improvisado del centro cívico del Polígono Sur. La clave es vivir para
fotografiar lo que se vive, no fotografiar para vivir desvivido.
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Pierre habla con entusiasmo de las fotos que va consiguiendo en
Sevilla. Le encanta lo que hace y eso se nota muchísimo...Un niño con
rasgos picasianos -pura picardía- que acaba de robar un gallo de
pelea; una muchacha con dos trenzas recién llegada de un velatorio;
una matriarca gitana con los ojos desiguales a lo Rossy de Palma…En la
periferia descubre la autenticidad, el verdadero carácter que la
globalidad está sustrayendo a la identidad de las ciudades. En las
zonas sociales más frágiles se hallan las personalidades más fuertes.
El carácter se alimenta de ingenio, de diferencias, de incomodidades,
de astucias autóctonas. La homogeneidad es anodina e insulsa como un
café de Starbucks. No sabe a nada. Tiene el mismo gusto en una
plaza del centro de Londres que en la calle Fuencarral de Madrid.
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La tarde anterior a nuestro encuentro asistí en el Museo de Bellas
Artes a una charla que dio Rafael Doctor, director del Musac, sobre el
panorama de la fotografía actual. Cuando le tocó hablar de las
imágenes de Pierre Gonnord puso de relieve una asociación muy indebida
que me sorprendió por desacertada. Sobre todo porque no venía a
cuento. Cuestionaba la entereza ética de los fotógrafos –como es el
caso de Boris Mijailov o de Santiago
Sierra- que se cuelan en la intimidad de los retratados, especialmente
los más miserables, buscando sólo el morbo gratuito. Los dos artistas
no pueden ser más antagónicos. El método de trabajo de Gonnord es
justo el contrario al de estos voyeurs de gusto escabroso y
poco disimulo: Pierre se esfuerza por elevar la dignidad de los más
desfavorecidos, los trata con muchísimo respeto y se preocupa por
conocerlos hasta niveles insospechados. De hecho, es amigo de muchos
de ellos. Nunca roba instantáneas y antes de empezar explica su idea
con detenimiento, sin prisas. Normalmente los modelos acceden
gustosos, agradecidos que alguien les escuche, les dedique tiempo, los
tenga en cuenta. Cuando terminan las sesiones les remunera lo mejor
que puede o les ayuda en todo aquello que esté en su mano.
Pierre Gonnord se implica, vive lo que hace, es sincero, no engaña a
nadie. Su arte es tan auténtico, gusta tanto, porque le interesan más
las personas que los retratos.
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Sema D´Acosta,
2006.
fotografías de Edu D´Acosta por cortesía del propio artista y del
Museo de Bellas Artes de Sevilla.
www.pierregonnord.com
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[tokyo city bench] jurgen bey [www.jurgenbey.nl] |
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EXPOSICIÓN A mano, trabajos sobre
papel, Elena del Rivero.
Instituto Valenciano de Arte Moderno. Llevada a cabo entre el
19/09/2006 y el 10/12/2006.
Valencia, ciudad de los excesos, reserva al curioso visitante y al más
versado conocedor del arte, la intensa y profunda exposición
antológica de Elena del Rivero. El primero se verá atraído por
montones de papeles meticulosamente trabajados con técnicas que se
alejan de lo canónico en apabullantes instalaciones o en series
centenarias, algunas como la “Carta inacabada” con seiscientas hojas.
El segundo sacará una visión honda, oscura y dolorosa de la psique
femenina de esta valenciana, afincada en Nueva York.
Antes de entrar nos detendremos en el cartel anunciador del hall. Nos
presenta a la artista, concentrada en una labor de costura
aprovechando la luz que penetra por la ventana junto a la que se
sienta. Es casi una hogareña invitación, entre la fotografía añeja y
costumbrista de toques pictorialistas y el barroco intimista de un
pintor holandés. No en balde, esta Aracne contemporánea bebe de estas
mismas fuentes, sobre todo en lo conceptual, y nos atrapa en una
enmarañada muestra de trabajos tan sublimes como cargantes y tan
minuciosos como maniáticos.
No hay que dejarse engañar por las apariencias minimalistas y
abstractas de sus obras. Elena es quevediana conceptista en la forma
y gongorina culteranista en el fondo. Si no fíjense en la instalación
“La perfecta casada”. Desencuadernado el libro de Fray Luis de León,
ella y un taller de tejedoras, confeccionan una larga cola de vestido
nupcial, cosiendo a modo de patchwork todas las páginas y
enriqueciéndolas con perlas falsas. Ésta aparente y liviana prenda de
papel lleva todo el peso de la tradición marital, la esposa sumisa y
devota que habrá de sacrificarse al hogar y al marido. Sin embargo,
junto a esta impresionante obra de Elena, nadie repararía en una
pequeña tabla cubierta de pan de oro en la que se lee en un rojo
carmín: “ELOÍSA”. Y la consiguiente pregunta es ¿Who`s that girl?
Habría que contar todo
un historión, pero casi mejor resumir... Este nombre se refiere a la
“heroína” medieval que se enamoró del clérigo e intelectual Abelardo,
en el París del siglo XII. Él, como castigo, fue castrado. Y ambos
separados y encerrados en diferentes conventos para siempre. A pesar
de todo, se siguieron amando hasta el fin de sus días gracias a la
comunicación epistolar.
Eloísa es un mito, un
referente femenino, en muchos aspectos, para Elena, tenaz, luchadora y
valiente. Hay mucho en su vida particular que se corresponde al
personaje histórico, entre otras cosas, la cuestión de las cartas.
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Otra vertiente muy
interesante y variada de su obra las constituyen las series llamadas
“Cartas a la madre”. No son exactamente cartas de amor filial, más
bien resultan de reproche, de cierta hostilidad hacia lo que fue
educada.
Todavía en su infancia
se debía de cantar aquello de me quiero casar con una señorita que
sepa coser, cantar y la tabla de multiplicar”. De hecho la artista
lleva al nivel más alto la cuestión de las puntadas, pues ha
convertido el hilván, en un modo de expresión. Donde otros dibujan o
escriben, ella borda, remienda y zurce. En algunas cartas, más
abstractas, usa como pigmento el aceite de oliva virgen, al natural,
haciendo del “lamparón” tradicional un desafío a lo académico y a la
lavadora. En otras, mecanografía compulsivamente la palabra “NO”.
Curiosamente, aquellas jovencitas que en su día deseaban trabajar
fuera de casa y en un puesto elevado y apropiado, se las formaba como
secretarias, siendo fundamental el aprendizaje de la mecanografía y la
taquigrafía. Así que Elena usa estas armas de mujer para criticar
soslayadamente el sistema que la crió. Reconduce la cuestión de
“sus labores” que en sus manos y con su creatividad son una
magnífica reivindicación.
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Siguiendo con el
discurso anterior, otra de las grandes obras expuestas son los “Paños
de cocina”. En ellos conjuga dos constantes de su arte. Por un lado la
persistencia de lo doméstico. Por otro, su amor al papel,
principal ingrediente y materia prima. Éste se metamorfosea en dermis
y epidermis, trasciende la materialidad del soporte y es aquello de lo
que estamos hechos y que asimila el paso del tiempo. Su preferido es
el de abacá, por cierto, muy sufrido, pues la pobre planta de
la que es extraído es golpeada hasta convertirse en pulpa, dando un
material de textura y color parecidos a la propia piel humana. Además,
suele encargarlos con una marca de agua en la que aparece su propio
nombre ¿un tatuaje?
Los grandes pliegos de
papel se colocaron en diversos lugares, a modo de manteles, sábanas de
su propia cama; en el suelo y en la misma calle. Destrozados y sucios
fue como quedaron. Mas ella, en un concepto de abnegada paciencia y
entrega, a medio camino de restauradora y monja enfermera, iba a
recomponerlos, sanarlos de sus heridas. No borraría todas las marcas y
señales de su uso depravado, pero los recompondría a base de zurcidos
y remiendos, incluso embelleciéndolos con nuevos bordados hasta
convertirlos en gigantescos paños que expondría colgados de la pared.
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Lamentablemente, el
devenir del Mundo la haría sufrir una vez más, en el desastre del 11-S
de Nueva York. Su taller se hallaba en las inmediaciones de la Zona
Cero y se vio muy afectado. Ahora sí que tendría que restaurar su
propia obra, muy deteriorada, ya que al estallar los ventanales, todo
el polvo y cascotes de los edificios caídos se introdujeron en una
siniestra riada gris e insalubre. Sin embargo, también de esta
situación saldría adelante, recomponiendo todo lo que pudo salvar y
convirtiendo los despojos en una nueva creación.
Igual que los falleros
levantan grandes monumentos de cartón que arden en un santiamém .
Elena eleva el leve folio de lino a la categoría de una instalación
nacida del fuego. Tres mil ciento treinta y seis papeles, contados por
ella misma, cayeron en su estudio desde las Torres Gemelas en su
desplome. Los clasificó, limpió y borró todos los nombres propios que
en ellos aparecían, quemándolos uno a uno. Los cosió en grandes rollos
similares a vendajes de un herido y los colgó en un gran montaje que
asemeja el sudario de un descendimiento. Complementan esta
escenografía, monitores con imágenes del horror y de la destrucción.
Y, a modo de requiem, suena una triste composición musical en la que
se mezclan negros ruidos y lúgubres sonidos. Sweet Home: Un Cántico,
2001-2006. Así ha titulado ésta última obra, tangente al espíritu de
las postrimerías barrocas de Valdés Leal “ In icto occuli”,aquel día
de septiembre nadie se podía imaginar que tan altas torres caerían
en un abrir y cerrar de ojos. “ Finis gloriae mundi” he aquí los
restos de nuestra grandeza.
Siempre queda la
esperanza, Eloísa no se rindió, en el convento enclaustrada llegaría a
se abadesa del mismo y no conocería una época de mayor esplendor.
Elena del Rivero lo sabe, del dolor se aprende y
de los errores surgen nuevas oportunidades.
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«...Dudo que alguien pueda leer o escuchar tu historia
sin que las lágrimas afloren a sus ojos. Ella ha renovado mis dolores,
y la exactitud de cada uno de los detalles que aportas les devuelve
toda su violencia pasada[…]»
Carta de Eloisa a Abelardo |
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José Hinojosa,
2006.
fotografías por cortesía del Instituto Valenciano de Arte Moderno.
www.ivam.es
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[de los excesos] maría del mar molina [www.molimoli.com] |
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EXPOSICIÓN Un monde parfait, Pierre
et Gilles.
Galería Jerome de Noirmont, París. Hasta
10/01/2007.
Exceso (Del lat. excessus).
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m.
Parte que excede y pasa más allá de la medida o regla.
-
m.
Cosa que sale en cualquier línea de los límites de lo ordinario o de
lo lícito.
-
m.
Aquello en que algo excede a otra cosa.
-
m.
Abuso, delito o crimen. U. m. en pl.
-
m. ant.
Enajenamiento y transportación de sentidos.
-
exp.
coloq. U. Una enumeración de cosas reprochables o malas.
Diccionario de la Lengua Española
Estamos
en Navidad. El mejor momento del año para hablar de excesos; excesos
culinarios, excesos consumistas, excesos familiares, excesos de
llamadas, mensajes y postales navideñas... EXCESOS.
Juanjo Sáez, en su libro “El Arte. Conversaciones
imaginarias con mi madre”, comparaba el día de Reyes con una gran
performance, una alucinación colectiva a gran escala donde los niños
viven la fantasía como realidad y los adultos respetan las reglas. Un
mundo ideal, si no estuviese velado por la temporalidad que nos hace
vulnerables los trescientos sesenta y cuatro días restantes.
No tengo
más que mirar a mi sobrino para entender que la felicidad cabe en un
castillo de juguete que esconden los Reyes Magos en la Alcazaba hasta
el seis de enero, que los hogares y las ciudades compiten en
decoración navideña con los árboles más originales y los belenes más
deslumbrantes -pese al ascetismo de otras fechas-, que las familias se
desplazan cientos, miles de kilómetros para cantar villancicos y
atiborrarse de langostinos engrosados -de precio, que no en
sustancia-. La Navidad es así, señores. Excesiva y monstruosa.
Maravillosamente excesiva y maravillosamente monstruosa. Y nada mejor
para estas fechas que una exposición de los siempre colosales
Pierre et Gilles.
El
pasado 4 de diciembre tuve la ocasión de visitar su última exposición
en la Galería francesa Jerome de Noirmont (París).
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“Un monde parfait” presenta una selección de veinticinco obras
que evocan un mundo ejemplar utilizando la imagen como espacio de
reconciliación para reivindicar, entre otras cosas, “la causa
sexual” en sí misma, sin particularidades, expresar la actualidad
inmediata –el fútbol francés- o denunciar la injusticia y violencia
presentes en la sociedad actual –las actitudes racistas, el conflicto
Israel- Palestina, la guerra de Irak y el terrorismo islámico-.
Los
admiradores de su obra -arte-fusión que integra numerosas prácticas
complementarias- hemos encontrado nuevamente temas recurrentes y
obsesivos, su manera dulcificada de mostrar las imágenes y su
sobrecargada puesta en escena; el mismo método de trabajo: ejemplares
únicos para los que Pierre fotografía y Gilles retoca pictóricamente
las imágenes. La construcción de los decorados y la búsqueda de
personajes; las múltiples versiones que se acumulan durante el proceso
de elaboración, los cambios azarosos; la elección y confección del
marco como parte intrínseca de la obra... El resultado: Un manifiesto
del cuerpo humano, su belleza y aceptación. Un inventario mítico de
iconografía atemporal de dioses, héroes y personajes de ambos sexos
-priorizando el masculino-; la idealización de nuestra esencia humana.
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Aunque a primera vista, sus obras nos parezcan azucaradas y carentes
de mensaje, Pierre et Gilles sacralizan el cuerpo humano -en la era
del individualismo que caracteriza la cultura occidental- para valorar
la existencia de cada uno como igual al otro. En sus obras prima la
libertad, la tolerancia y el respeto al prójimo. Lo masculino deviene
femenino y viceversa, para invertir los roles. Es el final de la
guerra de sexos y las hostilidades. Todos los cuerpos encuentran su
lugar sea cual sea su religión, su raza o su sexo.
La fuerza simbólica de su trabajo se manifiesta en obras como
L’Afrique brise ses chaînes
donde los autores evocan el fin de la esclavitud colonial, a través de
la imagen de dos sonrientes jóvenes negros que rompen sus cadenas o en
Iraq War,
donde un joven iraquí solitario muestra su arma en defensa de su
territorio ante un paisaje pixelado que sugiere la guerra de
información y el poder de manipulación mediático, así como el recuerdo
de la muerte en masa mediante la presencia de un cementerio de cruces.
Para construir “Un mundo perfecto” necesitaríamos algo más que el
retorno al Edén representado por el personaje de la obra
d`Eaux profundes,
que nos mira de forma inquietante, mientras se sumerge en un paisaje
fantástico propio de duendes y hadas.
En una época llena de prejuicios sociales, pese a los engaños
propagandísticos que divulgan nuestros políticos en período electoral,
Pierre et Gilles, para muchos, –los políticamente correctos- resultan
abusivos, no sólo por su complejo método de trabajo o la acumulación
decorativa de sus obras, sino por exceder “las normas del buen gusto”,
“lo lícito” y “lo ordinario” y utilizar el desnudo -que muchos tachan
de pornografía- para reivindicar la homosexualidad -tema que sigue
pesando como una molesta e incomoda losa aunque, a veces, se rebata-.
De cualquier forma, guste o no guste, Pierre et Gilles siguen en el
candelero y su retórica tiene un gran número de seguidores y entidades
que apoyan su andadura. Próximamente podremos verlos en el Museo de
Orsay (París), en el programa Correspondencias junto al artista
Vincent Feugère des Foros y la obra La mort d'Abel
, tal y como se está haciendo actualmente en el Museo de Bellas Artes
de Sevilla con el artista Pierre Gonnord.
Queridos lectores, para gustos, colores.... |
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Ana Robles,
2006.
fotografías por cortesía de la Galería Jerome de Noirmont, París ©
Pierre et Gilles.
www.denoirmont.com
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