| |
|
lafresa_
revista digital de arte contemporáneo
[sancta sanctorum] |
| |
 |
|
Nihil obstat:
Locución latina que significa literalmente Nada se opone.
Aprobación de la censura eclesiástica católica del contenido doctrinal
y moral de un escrito o de una obra de arte.
EXPOSICIÓN Ego te
absolvo, Santiago Ydáñez. Sala Siglo XXI, Museo de Huelva.
11/04/2007-29/04/2007.
Si Santiago Ydañez se hubiese topado con los veedores
eclesiásticos del siglo XVII en España, censores que se encargaban de
velar por las correctas representaciones de la Biblia y los Santos en
las obras de arte, hubiese tenido un problema serio o unos defensores
fervorosos. Sin término medio. Habría dado con unos acérrimos aliados
o chocado contra un muro de enervados contrincantes. Sobre todo porque
los excesos de sus representaciones religiosas sobrepasan lo
estrictamente formal para adentrarse en lo pasional, maneras
enajenadas que ahondan en el padecimiento de las figuras para hacer
brotar penas que conmueven por su universalidad en el trato de los
sentimientos. Casi sin pretenderlo, consigue dar en los puntos clave
que guardan la tensión del gesto, dotando con ello a sus imágenes de
dolores espirituales que, por su poder de absorbencia, podrían haber
conmovido al tribunal inquisidor. O, quien sabe, a lo mejor por el
contrario los hubiese asustado con su directa desnudez del alma (no
apta para mortales), y habría sido condenado a un auto de fe urgente y
sin remisión.
Santiago Ydañez es de pensamiento, por su
truculencia, un pintor del Siglo de Oro. Cuando viaja no le interesan
los entretenimientos de los centros de arte contemporáneo, prefiere
los museos de Bellas Artes o los templos religiosos,
lugares donde se detiene con especial
provecho en el estudio de la imaginería religiosa. Para muestra, tres
ejemplos: la Dormición de la Virgen de la Capilla del Tránsito en la
granadina Iglesia de Santo Domingo le embelesa, en sus paseos por el
Realejo siempre que puede se acerca a verla para perderse en la mansa
sonrisa que dulcifica sus sueños. Durante el tiempo que estuvo en
Oporto trabajando para su última exposición con Fernando Santos,
descubrió un Cristo yacente con pelo natural en la Iglesia de San
Antonio que le conmovió profundamente, esa morbidez le daba un aspecto
casi humano que le parecía oscuramente atractiva. Y en su visita a
Sevilla se emocionó más con los pliegues de Zurbarán y con la
Maternidad de Torrigiano que con cualquier otra obra actual. Es más,
prefirió ir a ver con calma y tranquilidad los Jeroglíficos de las
Postrimerías que pintara Valdés Leal en el Hospital de la Caridad,
antes que acercarse al Centro Andaluz de Arte Contemporáneo.
|
|
 |
|
Después de los atronadores éxitos que ha tenido a lo largo de su
trayectoria con sus conocidos y poderosos autorretratos, en la nueva
etapa que está encarando ahora se centra con especial protagonismo en
las imágenes religiosas, en el registro de rostros divinos que
convierte en semblantes actuales desarrollados con un controvertido
atractivo iconográfico y estilístico. La plástica personal de este
artista jienense ha desbordado los parámetros del expresionismo para
caminar por los senderos del ímpetu de ánimo. Ya no es simplemente la
representación de un rostro, es la exaltación de un ego henchido que
necesita explorarse -descubrirse y redescubrirse, plantearse y
replantearse-, para en cada nuevo cuadro abordarse él mismo de
diferentes maneras. Esta intervención actoral por la que representa su
yo como si fuera el de otro, le ayuda a conocerse mejor como ayudaba a
los espectadores de las tragedias griegas la catarsis ante las
representaciones teatrales, público que entendía que esa liberación
del espíritu les servía de purificación ante muchas emociones
indescriptibles, especialmente si se trataba de compasiones, temores u
horrores.
“Su técnica varía,
pero también la materia prima de su iconografía, la sustancia de sus
sueños. En su exposición portuguesa de octubre de 2006, los rostros
usuales compartían espacio con animales, santos, calaveras y bebés. El
tema que los englobaba era el Barroco, y esta denominación no es, en
su caso, baladí. Ydáñez está poseído por el Barroco, por sus santos y
sus imágenes religiosas, por las vanitas y, sobre todo, por su
naturaleza teatral” afirma Juan José Santos en un artículo publicado
en la revista Lápiz al referirse a los nuevos derroteros que
está tomando su trabajo. Y es cierto, está evolucionando de manera
inmejorable, está expandiendo la viveza de su expresión desde la
auto-referencia, punto de salida necesariamente agotable, hasta las
infinitas posibilidades del mundo animal, incontenible universo de
expresiones y gestos parangonables con los del ser humano. Sus maneras
perduran sin desmerecerse -no hay más que ver la impulsividad de sus
trazos y la persistencia en el uso de grandes tamaños-, arramblando
con esa intensidad inherente pasividades y neutralidades. El arte de
Santiago Ydáñez puede gustar o no, pero no deja indiferente, no pasa
desapercibido. Han crecido sus aptitudes, ha ampliado su registro para
conseguir crear nuevas contingencias que le sirven para atreverse a
experimentar en desconocidos campos antes intransitados.
|
|
 |
|
Las nuevas efigies que está realizando, con un tratamiento bien
alejado de los convencionalismos, se centran en imaginerías cargados
de misticismo cuya sacralidad impulsa a una rara deferencia. Estas
figuras ausentes, piezas extemporáneas y descontextualizadas que han
mantenido incólume su poder religioso, su respeto reverencial, son
esculturas desposeídas de vida que infunden veneración y que preservan
muchos valores de nuestra tierra (en los ojos de las vírgenes más
dolorosas se esconden muchos de los misterios de Castilla y
Andalucía), tallas totémicas, con una familiaridad extraña, que se
asemejan de un modo macabro a los animales de taxidermia, maderas
sagradas capaces de iluminar pasiones y de censurar pecados.
|
|
|
|
| |
| |
 |
|
robert
kusmirowsky / cortesía de
galería johnen & schöttle, Munich [www.johnen-schoettle.de] |
| |
 |
|
TERESA, EL CUERPO DE
CRISTO. Dirección: Ray Loriga. Diseño de vestuario: Eiko Ishioka. 2007.
Acudí al cine motivada por razones muy adversas a la devoción. El
ambiguo personaje de la Santa de Ávila –a la que algunos de sus
cohetáneos tanto temieron, admiraron, despreciaron, repetaron, odiaron
y amaron; y en el modo más enfervorizado que describirse pueda- no se
circunscribía desde luego a mi santoral íntimo; ese que todos, de una
forma u otra, secretamente guardamos (ya saben de mis hagiografías
favoritas: Yves Klein o Lucio Fontana, entre unos pocos). Y digo esto
a pesar de mi malsano interés por las reliquias, hablando como estamos
de una mujer que fue elegantemente descuartizada por sus compañeros de
viaje espiritual –una mano aquí y otra allá…-. No se imaginan la de
kilómetros que hay que hacerse por estas carreteras de Dios para
reconstruir mentalmente su milagroso cadáver.
No señor. Me senté frente
a la gran pantalla a ver la película de Ray Loriga ante el subyugante
reclamo de los trapitos que había dibujado Eiko Ishioka para la
ocasión. ¿Recuerdan los fastos del vestuario de aquel barroquísimo
Drácula de Francis Ford Coppola? Fue una intervención
convenientemente oscarizada, deslumbrante, exquisitamente poética,
cargada de un misterioso lenguaje de símbolos donde se imbricaban el
japonesismo, el bizantinismo y hasta el rococó –en una mixtura
atrevida, moderna, que barnizaba el exitoso filme con un brillo
inusual en el cine contemporáneo-.
|
|
 |
|
Loriga lo ha tenido muy claro: a su película, de cartel polémico a
sabiendas –gracioso y oportuno merchandising irreverente que
todo lo enaltece-, le hacía falta una segunda epidermis de oropeles
que sólo podía concebir esta nipona maravillosa –diseñadora de
vestuario también de Mishima o Madame Butterfly-; tras
las dos horas de visionado a una se le olvidan los acentos de Paz Vega
y Geraldine Chaplin –que no son capaces de esconder para aparentar
castellanas de toda la vida-, y queda en la retina, en medio de la
nebulosa amable y sencilla de la música de Ángel Illarramendi,
cualquiera de los fastuosos drapeados que las revisten.
|
|
 |
|
Entre las virtudes de estos suntuosos ropajes se encuentran la
capacidad evocadora de determinada pintura flamenca y renacentista,
con cualidades texturales que nos acercan a Van der Weyden (y ese
Descendimiento exultante en tejidos que la diseñadora ha podido
contemplar en el Prado); pero también al modisto japonés Issey Miyake,
muy dado a preservar las características naturales de los tejidos
tanto como a la experimentación en la sintética más vanguardista, y de
cierto gusto por la arruga y el fruncido, de una expresividad
sutilísima. Así, los tocados de las monjas, como los arcanos
shebisim hebreos, enmarcan los rostros confiriendo al momento un
enorme potencial aurático que ha hecho santa a la actriz. Diversas
tonalidades de blanco –argénteos, azulados, rotos, níveos, grisáceos,
crudos- se alían apropiadamente con los affetti, las miradas,
el momento y la intensidad emocional. Y sobre todo, con la
espiritualidad. Al mismo tiempo, encendidos tonos envuelven los
cuerpos con la fina intención de hilar también el sentimiento que
mueve a cada personaje –ya la pasion, ya la fe, ya la serena
confianza-, una rareza de vocabulario sinestésico donde cada
significante convoca secretamente a su significado. Elocuente.
|
|
 |
|
Meses antes disfruté con los mil y un zapatos de Marie Antoniette
(el larguísimo y divertido videoclip de Sofía Coppola), esos Manolo
Blahnik que a cualquiera seducen; mas fue distracción banal, para
tertulia a lo Carrie Bradshaw, y esto es otra cosa. Aquí el atuendo se
convierte en parte sustancial de la urdimbre artística, con tal
capacidad comunicativa que sitúa algo imposible ante nuestros ojos:
Una Santa Teresa nueva, muy lejana ya a la berninesca, de una
sensualidad casi vampírica, de un convulso latido interior –febril-.
Estos éxtasis versionados, estos abandonos al placer, han sido
cuidadosamente recamados, y algo tendrán que al menos la puntita del
ardiente dardo –la llama de amor viva- penetra en nosotros.
|
|
|
|
| |
| |
 |
|
carmen
calvo / cortesía de
galería rafael ortiz, Sevilla [www.galeriarafaelortiz.com] |
| |
 |
|
EXPOSICIÓN Virginis,
Jason Cresswell. Galería La Xina Art, Barcelona. Febrero/2007.
EXPOSICIÓN Martyrium, Ramon SanMiquel. Sala de
exposiciones Panta Rhei. Febrero / 2007.
Resulta curioso observar cómo en una época tan supuestamente laicista
y poco creyente, en la que lo moderno consiste en arremeter contra la
Iglesia y sus valores, siga teniendo tanta fuerza la imagen religiosa,
concebida por aquella y materializada, a lo largo de los tiempos, por
los artistas que trabajaron a su servicio.
El
icono devocional ha funcionado perfectamente desde que el Concilio de
Nicea II justificara, tras los conflictos iconoclastas, la veneración
de las imágenes sagradas. Éstas debían de entenderse como un signo de
lo divino, y cumplir tres valores: didáctico, emotivo y transcendental.
Cuando
alegremente un artista se enfrenta a la representación más o menos
aparente de un objeto religioso, suele quedarse en un aspecto muy
superficial y vano del asunto. Le subyuga la sensualidad, belleza y
“erotismo” que cree ver en esas imágenes, a lo que responde cargando
las tintas de este trasunto, caricaturizando lo que era sublime y
rebajando el significado del propio arte, pues lo que en realidad
aparece es algo artificioso, pero que ni enseña, ni emociona ni
muchísimo menos, transciende. La obra es entones un primor, una
frivolidad más o menos bien ejecutada, como los retratos hagiográficos
de los Pierre et Gilles, más cercanos al huevo Fabergé que a un lienzo
de Ribera.
En
ocasiones se busca el escándalo, porque el momento así lo exige y
porque un poquito más de espectáculo a esta sociedad morbosa le sienta
bien. Pongamos por caso a JAM Montoya, que ha suscitado ríos de
tinta con su “Cristo onanista”, un cartujo a lo Mapplethorpe y una
gloria de santos itifálicos que remedan una mala película porno.
Salvando la calidad de las fotografías, magníficamente resueltas en un
blanco y negro muy clásico, el canto a la sexualidad y la crítica al
dogma romano son por el contrario “peccata minuta” ya que desperdicia
esa riquísima fuente, quedándose en lo banal y lo soez.
|
|
 |
|
Más original parece el artista Jason Cresswell que expuso en
Barcelona la serie “Vírgenes”. Se trata de unas fotográficas imágenes,
muy realistas, en óleo sobre metacrilato, que recorta y monta en
fragmentos de marcos un tanto barrocos. Remarca las testas de las
madonnas (relaciónese el término como más le convenga) con un nimbo
esgrafiado, pan de oro a la manera del Trecento italiano, de tal forma
que rezuman cierto aire de santidad, eso sí, más por la técnica que
por el contenido. Las santas se presentan procaces y desvergonzadas.
Inspeccionan al espectador con atrevimiento, entronizadas cual
meretrices de calle Camas, en posturas y gestos muy poco devotos. Por
el contrario, poseen una fuerza y convicción poco usual, incluso para
la estampa e imaginería actual. Tanto es así, que aquellas que portan
o son acompañadas por una vieja muñeca a manera de Niño Jesús
Indefinido, resultan imponentes matriarcas dignas de un fresco en
cualquier refectorio o de una tabla dorada en un privado e íntimo
oratorio. Las carnaciones en grisalla se suplementan con intenso azul
lapislázuli, reminiscencias de Fra Angelico o Mantegna. Pinceladas de
coral y carmesí en los labios, contrastan con la fría gama empleada.
Por último, una falsa pátina de antigüedad desvaída y gastada le da la
impronta precisa para casi creer en ellas, pecadoras redimidas,
insolentes santificadas.
|
|
 |
En esta misma línea, hallamos en un curioso gabinete, en realidad sala
de exposiciones de la librería Panta Rhei, una colección de estampitas
e iconos de pequeño formato pero interesante factura. Los martiria de
Ramón Sanmiquel son una colección de acuarelas, pertenecientes
al género de la ilustración y el cómic contemporáneos. Asemejan, sin
embargo, páginas arrancadas de un incunable iluminado, otros parecen
fragmentos sustraídos a un retablo doméstico localizado en Flandes.
Son detallistas y minuciosas. No les falta el recurrente halo aúreo
que beatifica a cada miembro de esta extraña pandilla juvenil,
convertida en púberes inmolados por obra y gracia de la mente y mano
del artista. Seducido por el dolor y la actitud desafiante de los
mártires, los representa como adolescentes rebeldes ante el sacrificio
de la vida, en los que más de uno perderá la cabeza como el Bautista,
por una Salomé cualquiera.
|
|
 |
|
Son rebeldes porque el mundo los ha hecho así…también lo fueron
aquellos que llenan las páginas de los martirologios y que ahora se
desvirtúan atendiendo más al aspecto gore del sufrimiento que al
elevado motivo de su tortura.
Ninguno
de los ejemplos anteriores cumplen los requisitos para ser
considerados imágenes, las aureolas no hacen al santo y de todas
formas, tampoco se pretende. Es sin duda la estética lo que atrae
tanto al creador como al espectador. Estética elaborada a lo largo de
siglos, macerada en capillas al calor de las velas y ahumada por el
incienso.
|
|
José Hinojosa, 2007.
fotografías de Pedro
Alarcón por cortesía de La Xina Art y Pante Rhei.
fotografías de "Virginis" cedidas por Jason Cresswell.
www.laxinaart.org
www.panta-rhei.es
|
|
| |
| |
 |
|
costus /
"patria" / cortesía de enrique naya y juan carrero
[www.costus.es] |
| |
 |
|
Mi vida es lo que vulgarmente se denomina una leyenda urbana. Muchos
creen aún que yo no he existido nunca y que soy producto de la
imaginación de unos pocos. Aprovecho la ocasión para confesar que soy
real y sólo espero que tras estas líneas se compadezcan de mí mis
semejantes. He olvidado mi apellido porque era una cruz demasiado
pesada. Pertenezco a una ilustre familia y ahora mismo mataría por una
copa de vino. Una mala gestión de la herencia puso punto y final a
nuestra preciada ralea, aunque en mi defensa diré que yo no pedí ser
hijo único ni tener una personalidad adictiva ni convertirme en una
oveja descarriada. No obstante soy de esas personas que a veces toman
conciencia, se avergüenzan de su comportamiento y luchan por vencer su
impudicia y preservar su moralidad.
El
centro histórico de la ciudad constituye mi vasto dominio. A
medianoche me arrastro como un apestado por los adoquines. Reconozco
que tengo miedo de que alguien pueda reconocerme y preguntarme uno por
uno por todos mis antepasados, por eso aguardo tras las esquinas y
enfilo los callejones como una sombra. Rebusco en los contenedores de
basura para procurarme mi cena y el pábulo de mi incondicional prole.
La Málaga medieval, de intramuros, es húmeda y oscura. Cargado con
bolsas y los bolsillos rebosantes de naderías, elijo el camino más
largo y regreso a casa, la casa de mis padres que en paz descansen.
Habito una destartalada mansión de tres plantas que tras sus muros
guarda cierto esplendor y vestigios de un pasado glorioso.
Arquitectura doméstica decimonónica. Recuerdo cuando era niño e
importantes personalidades nos visitaban en Semana Santa para ver los
pasos procesionales. Todavía restalla en mi memoria una saeta de letra
descarnada e increíbles agudos. Entonces fantaseaba con que nuestro
balcón de forja no resistía el peso de la tonadillera con graves
problemas nutricionales y se venía abajo aplastando a dos policías,
tres nazarenos y cuatro penitentes. Cada vez cruzaban el umbral de
nuestra casa grupúsculos menos beatos y más profanos y en la
actualidad me visitan tan sólo las ratas, de hecho muchas de ellas se
han establecido en mi morada definitivamente y me proporcionan
arrumacos a cambio de alimento cuando llega la aurora, cuando más
duele mi soledad. Durante años me he encargado de no hacer limpieza en
mi hogar y dotar así al edificio de la decadencia necesaria para ser
yo feliz, feliz en mi humilde anonimato. Frente al portón se detienen
los viandantes, echan una mirada y fruncen el ceño. Están convencidos
de que allí no reside nadie o a lo sumo un espíritu ancestral o un
hatajo de menesterosos con la moral distraída, y desde luego no van
muy descaminados. Con mi guisa de okupa nadie diría que yo soy el
propietario del inmueble. Una vez que reanudan la marcha, corro los
visillos y retorno a mi querida penumbra de alcohol y animalitos. Sin
embargo, esta tarde no han proseguido su camino los espontáneos que
acechan a diario mi propiedad. Una caterva de hombres impecablemente
trajeados se han armado de un ariete para echar abajo la puerta y de
un juego de toallas mojadas para propinarme una brutal paliza y no
dejarme marcas. A continuación me han cogido de los pelos y me han
sacado a la calle, me han metido en una furgoneta que apesta a
incienso y me han puesto en la cabeza un retal de franela para no ver
nada. Por lo golpes recibidos oigo con dificultad, pero alcanzo a
distinguir palabras sueltas, inconexas. Tras un instante de atenta
escucha, tengo la sensación de que mis raptores no son como sería de
esperar unos criminales. Parecen hombres de bien, leídos, hasta
herederos por los giros gramaticales que emplean de una exquisita
educación y un soberbio léxico. Me devano los sesos por conocer la
razón de que hombres como ellos se ensañen con alguien como yo cuando
se apagan las voces y me asalta el aciago timbre de una horrísona
saeta.
|
|
 |
|
Súbitamente me despierto, me zafo de la última pesadilla y respiro
aliviado. Una noche de frescor y suave brisa me circunda salpicada de
destellos. A lo lejos percibo el rumor de una muchedumbre y enseguida
me hago cargo de que un extraño hormigueo recorre todo mi cuerpo. Como
un péndulo oscilo de un lado para otro y estoy mareado. A mis pies las
hordas me jalean, me fotografían y me miran con verdadera devoción. De
pronto desciende por mis ojos como una viscosa lengua un filtro de
color rojo y la realidad se torna dramática. Huele a sangre y en cada
bandazo rabio de dolor y siento cómo se me abren las carnes a la
altura de las muñecas y los tobillos. Delante de mí un señorial
edificio, arquitectura doméstica decimonónica, se hace más grande
gradualmente y en el ventanal del primer piso adivino la figura de un
hombre que me resulta extrañamente familiar. En realidad me hallo ante
mi reflejo. Llevo en la cabeza una corona de espinas y comprendo que
yo soy el Cristo que está clavado en la cruz, encaramado a un trono
labrado en plata y con motivos florales, mecido por cientos de
portadores al ritmo de una marcha fúnebre. Abajo reconozco a uno de
los individuos que irrumpieron en mi vivienda. Ataviado con un vistoso
hábito, percute con fuerza la campana. Deben de correr malos tiempos
para la talla de orden sacro y aquellos aguerridos cofrades no
encontraron mejor imagen que pasear el viernes santo que un servidor.
De repente me levantan a pulso, al cielo con él, y me resiento de las
llagas. Tal vez en un futuro lejano evoque mi odisea un fervoroso
cristiano y presente en su piel los estigmas de Cristo. Entonces los
mismos tipos que se propasaron conmigo gritarán Milagro. Vagamente
alcanzo a ver ahora la fachada de mi palacio. En el balcón de forja
esperan asomadas mis ratas en atávica formación, mi incondicional
prole, fieles cumplidoras de su apostolado, vestidas hasta las patas
con túnicas, cíngulos dorados y diminutos ciriales. Cada vez estoy más
próximo a la ventana y vislumbro en sus rostros las rutilantes
sonrisas de Mickey y Minnie Mouse: una estampa difícil de digerir.
Quizás ellas sí se compadezcan de alguien como yo. Aunque rezan por
ahí que de una ensoñación al desfallecimiento hay solamente un paso.
|
|
Nacho Albert,
2007.
El relato está inspirado en la instalación Arca del artista
Nelson Leirner,
exhibida en el stand de la Galería Brito Cimino (Sao Paulo) en ARCO
2007,
reproducida aquí por cortesía de ARCO - Ifema y la propia galería.
www.britocimino.com.br |
|
| |
| |
 |
|
jason
cresswell / virginis / cortesía de
galería la xina art, barcelona [www.laxinaart.org] |
| |
 |
|
EXPOSICIÓN Las horas
invisibles, Bill Viola. Museo de Bellas Artes de Granada, Palacio
de Carlos V (Alhambra). Hasta 18/05/2007.
“El tiempo es la base fundamental, la verdadera materia prima de mi
trabajo. Los seres humanos, como todos los seres vivos, son
esencialmente criaturas de tiempo”
Bill Viola
Cuando todo está a punto de comenzar para celebrar el que se considera
el
más
importante suceso artístico y religioso de nuestra ciudad y un sin fin
de esfuerzos se unen para materializar una amplia lista de traslados,
vía crucis, recorridos y actos procesionales, condensados en una
semana calificada de Santa, por la magnitud religiosa de las
representaciones pasionales que se escenifican; cuando apenas sabemos
reponernos del desajuste horario que supone añadir una hora más a
nuestros relojes y despertar sin luz para ganar tiempo a las tardes de
café descafeinado; cuando, se multiplican los festivales y conciertos
para celebrar el estreno de la primavera y los más intuitivos se
esfuerzan en mostrarnos que en la vida, todo cambia y no
existen los diseños imperturbables a largo plazo; siento la urgente
necesidad de parar y perderme ante uno de los videos del señor Viola
–Nueva York, 1951-, el mago del tiempo; divagar en las imágenes
más concretas que las palabras, en los signos puramente pictóricos que
me conectan a las cuestiones y temas fundamentales que abandonamos
cada día –vida, muerte, tiempo…-; detenerme ante las narraciones de
frágil existencia temporal que se extinguen con tan sólo darle a un
botón y apagar la sala de videoproyección y observar su personal
observación directa de lo cotidiano.
La
exposición organizada en el Museo de Bellas Artes de Granada -desde el
8 de febrero hasta el 18 de mayo- y que lleva como título Las horas
invisibles constituye una oportunidad excepcional para valorar
nuestra percepción espiritual y los estados de consciencia que
conectan con la historia del arte y los escritos y costumbres
ancestrales de cualquier manifestación religiosa de Oriente y
Occidente.
En
ella, podemos contemplar un total de cinco asombrosas instalaciones
videográficas; pinturas en movimiento que cautivan al espectador en su
intimidad.
La
quietud de un paisaje submarino interrumpida por la inmersión de un
hombre vestido de brazos extendidos, acompañado por un estruendo y una
explosión luminosa de burbujas y turbulencias. El descenso ralentizado
hasta que el cuerpo queda suspendido en el espacio para desaparecer en
la oscuridad. Ascensión, 2000.
|
|
 |
|
El flujo constante de personajes que se acercan lentamente hacia
nosotros fijando en sus miradas un objeto desconocido que no podemos
ver –podría tratarse de nuestro propio cuerpo inerte- y ocasiona
expresiones de dolor y tristeza. Observance, 2002.
Dos
mujeres sentadas a ambos lados de un pozo de mármol en un pequeño
jardín. Esperan pacientemente en silencio y sólo, de vez en cuando,
reconocen su presencia mutua. El tiempo queda suspendido e
indeterminado. De pronto su vigilia queda interrumpida por la
aparición de un hombre desnudo que emerge del pozo derramando agua por
encima del borde y se desvanece en brazos de la mujer mayor que rompe
a llorar, mientras la joven, embargada por la emoción, abraza
tiernamente el cuerpo del muchacho. –ambigua empatía con la obra
referenciada:
la Piedad-. Emergence,
2002.
Las
obras más recientes, The Darker Side of Dawn y
Ablutions, ambas realizadas en el 2005 son, desde mi óptica
personal, las más universales, desde el punto de vista espiritual.
The Darker Side of Dawn,
presenta el estudio de un viejo olmo californiano en una
ladera de las montañas al norte de Los Ángeles desde la primera luz
del alba hasta el anochecer; las sutiles evoluciones de color y
luminosidad de la cambiante luz natural hasta la oscuridad sin
movimientos visibles de luz o de sombra. Para Viola, “el paisaje
funciona como reflejo de las paredes interiores de la mente o como
proyección del estado interior hacia fuera. (…) Al eliminar todas las
señales del exterior, las voces del estado interior se vuelven más
fuertes, más claras”.
|
|
 |
|
Por su
parte, en Ablutions asistimos al lavado de manos de una
mujer y un hombre bajo un resplandeciente chorro de agua, como
preparación hipnotizante para la meditación.
El agua constituye una parte intrínseca de la mayoría de las creencias
espirituales. Son muchos y diversos los usos y simbolismos que tiene
en las religiones.
En el Cristianismo, la inmersión en el agua se
ve como un renacimiento simbólico en donde el creyente se limpia de
todos los pecados a través del poder de Jesús.
Los musulmanes deben purificarse antes de
acercarse a su dios en la oración. Todas las mezquitas tienen una
fuente de agua para las abluciones. La
limpieza es una de las propiedades más importantes del agua en las
prácticas religiosas antes de las oraciones, bodas u otros
ceremoniales. En el Hinduismo, toda el agua es sagrada. Los lugares
sacros normalmente se encuentran a orillas de los ríos. Se cree que
las personas que se bañan en el río Ganges, alcanzarán el paraíso
antes de reencarnarse.
Lo más
atractivo de las obras de Bill Viola es su singular léxico artístico
acompañado del uso recurrente de la cámara lenta para crear estados de
consciencia alterada, evocada en los que otros han denominado “tiempo
suspendido”. Una invitación a la observación pausada e introspectiva
que me trae a la memoria, ciertas escenas de la ópera prima de Jaime
Marques, Ladrones - premiada con la Biznaga de Plata, premio
especial del jurado, en la décima edición del Festival de Cine de
Málaga –. Una historia llena de miradas cómplices entre los personajes
donde predomina el aspecto visual y musical sobre los diálogos que se
reservan para los momentos imprescindibles.
La
calculada puesta en escena de las imágenes de Viola, dispuestas en
pantallas planas colgadas en la pared, recuerda elementos de la
expresión cinematográfica e invoca la curiosidad emocional del
espectador. El resultado: sencillas obras que ocultan un interior muy
elaborado; preparación de actores, decoración de escenarios, dirección
del rodaje, largos días de frenética actividad en el estudio, montaje
de la película a vídeo digital… el trabajo de una mente inquieta que
nos inquieta el alma, en época de santos.
“Considero un triunfo que una persona salga de la exposición con una
imagen, una idea, una comprensión, un sentimiento que pueda utilizar
en su vida, incluso si no se acuerda de mi nombre, del nombre de las
obras o de cuántas ha visto”.
|
|
Ana Robles,
2007.
fotografías por cortesía de CAAC Centro Andaluz de Arte Contemporáneo.
www.museosdeandalucia.es
www.caac.es
www.billviola.com
|
|
| |
| |
 |
|
santiago
ydáñez / paisaje blanco / cortesía de
galería invaliden1, Berlín [www.invaliden1.com] |
| |
 |
|
EL GRAN SILENCIO (DIE
GROSSE STILLE). Dirección: Philip Groening. 2007.
Philip Groening ha debido interiorizar a base de bien una
paciencia digna del Santo Job. Hasta dieciséis años han transcurrido
desde que el cineasta alemán elevara su petición –muy osada, si
sabemos algo de la disciplina cartuja- al prior del monasterio de
Grenoble –Francia- donde finalmente rodaría con un lujo inusual de
concesiones su límpido documental de cientosesentaydos minutos (¿qué
es el tiempo para quien detiene su vida en la contemplación muda?).
Los monjes, tras cavilar tamaña decisión en uno de sus capítulos,
apostaron por avisar al director cuando estuvieran preparados, y
podríamos jurar sin miedo al infierno que Groening había casi olvidado
ya este proyecto cuando recibió la aprobación.
|
|
 |
|
O le vino de perlas para desarrollar una filosofía paciente,
imprescindible para aguzar los sentidos en la aparente vacuidad del
interior monástico, donde la más indeterminada idea de Dios todo lo
impregna y la eternidad parece ser el orden de medida. Así resultan
esas más de dos horas sin diálogos, tras las que el espectador teme
proferir los más insignificantes ruidos (cuán molesto el crujido de
las viejas butacas de la cinemateca, alguna respiración demasiado
profunda, un vibrador insolente que resuena en lo más recóndito de un
bolso). El Gran Silencio es una obra maestra, sin duda, árida
de ver por eso de la necesaria lejanía y el extrañamiento inevitable,
y posee el tono imponente de todo aquello que es abstracto y no
necesita ser entendido (como el canto de los pájaros). Nos introduce
serenamente en la cotidianidad difícil del cenobita (a solas con su
escudilla, con su reclinatorio, con la luz mansa) y nos planta delante
de un sigilo enorme, que escasamente alcanzaremos a entender.
Ociosos en nuestra
henchida vida urbanita, entramos al cine y en la distensión del alma;
vemos a los monjes en su rara distensión (jugar en la nieve en
domingo, saltar discretamente el voto de silencio cuando la regla lo
permite para seguir discutiendo de ínfimas nimiedades en torno a la
propia rutina). Y nos sentimos a años luz de ese silencio blanco,
inconmensurable, impregnado de grandezas. Y no podemos evitar
sentirnos absolutamente fuera, algo reprobados en el interior por
nuestra impúdica pasión por el ruido.
|
|
Pedro
Alarcón,
2007.
fotografías por cortesía de Philip Groening Filmproduktion.
www.diegrossestille.de
www.groening-film.de
|
|
| |
| |
 |
|
eder
santos / capilla / cortesía de
galería brito cimino, Sao Paulo [www.britocimino.com.br] |
| |
 |
|
EXPOSICIÓN Silencio
interior, Ignacio Llamas. Galería Isabel Ignacio, Sevilla. Hasta 15/05/2007.
Dicen los que regulan en los diccionarios los usos que del lenguaje
hacemos la gran mayoría de hispanohablantes, que un santuario
es un “templo en el que se venera la imagen o reliquia de un santo de
especial devoción”. Un templo en que se venera… Claro, pero… ¿qué es
un templo? ¿Un templo pudiera ser mi cuarto si lo acondiciono
para ello? Según estos entendidos del léxico no. Un templo es un
“edificio o lugar destinado pública y exclusivamente a un culto”. He
aquí dos palabras de peso –santuario y templo- con sus significados
cerrados, como la gran mayoría. Pero, ¿por qué no tantear su posible
ampliación con algunas consideraciones que no alteren en modo alguno
su principal acepción? ¿Cuántas maneras habrá de entender las
palabras, de extender sus significados y enriquecerlos sin que muten?.
El
trabajo de Ignacio Llamas despierta estas dudas, estas ansias
de revisar palabras destinadas a encapsularse en inequívocos
contenidos léxicos o sociales. Porque en su concepción lírica de
historias y lugares, los elementos sencillos no se dejan someter a la
cultura del lenguaje, sino que reverberan irrefrenables como pequeños
haces de luz que alumbran nuestro interior. El artista lo inunda todo
con una inmensa espiritualidad, sin embargo, su trabajo es muy
preciso, meticulosamente frío y sobrio, sin efectismo ni drama.
|
|
 |
|
¿Cómo ponerle etiqueta a estos lugares creados? ¿Cómo llamarlos
instalaciones, esculturas, o cajas de luz? Yo no encuentro para las
piezas de Llamas nomenclatura más acertada que santuarios,
templos indefinidos en el tiempo y en el espacio, lugares donde la
espiritualidad vive libre e inacotada, instándonos una y otra vez a
perseguirla. A veces, las escenas representadas en las obras, los
pocos y minimalistas componentes, son sólo una excusa para calmar
nuestra ánima. Otras, el autor nos las muestra como objetos reales y
útiles, que nos sirven para reconocer escenografías de
cotidianeidades, como parques o habitaciones, pensamientos concretos
de verdades, ahora sí, tangibles.
Sus
espacios cerrados pero seductoramente abiertos, nos remiten
directamente a templos de culto, santuarios del interior que seducen a
quienes miran. Son lugares que hablan de vidas, de momentos que se nos
descubren perfectos para la meditación, para conocer aquello que nos
atormenta y liberarnos, aunque sólo sea momentáneamente, de la
esclavitud que nos provoque. Pero, para ser terminológicamente
exactos, los creyentes que se pierden entre las sombras y jardines,
árboles y escaleras de los espacios de Llamas, no veneran a un santo,
imagen o reliquia, sino que se postran ante el reflejo de ellos
mismos. No exaltan sagradas historias lejanas, sino que se descubren
ante sus propias almas como nuevos héroes de fábulas conocidas. Buscan
encontrarse a solas con su mundo interior, desean la quietud y el
sosiego del que no se siente observado, anhelan tener tan sólo unos
minutos para poder afrontar la reflexión personal que la truculenta
vida moderna, a menudo, nos arranca de las manos.
|
|
 |
|
Llamas nos arrastra por caminos desiertos y libres, nos ayuda a
deshacernos de lo innecesario y a quedarnos desnudos casi sin notarlo.
Pudiéramos convertirnos en seres vulnerables ante tal panorama, pero
no ocurre así. Se nos hinchan los pulmones como si fuera la primera
vez que respiramos, y las sutilezas, esas chicas e inmerecidamente
olvidadas, se agitan y cobran sentido, se revelan con segura
identidad. Entonces tenemos un breve momento de paz. Fugaz e intenso
momento de paz. Y nos re-conocemos a nosotros mismos.
En
estos templos todo aparece correctamente en su sitio. Las sombras
también. Ellas tienen tanta o mayor importancia que aquello que
sombrean, porque se nutren de la fantasía del que las mira, se
apropian de la magia oscura y muda que son capaces de proyectar bajo
la intuición del artista. Con sublime inteligencia, entretejen
realidades paralelas que se antojan independientes o, si vuelves a
mirar, quizás inevitables. A Llamas le interesa aumentar la presencia
del elemento natural, pero no redoblando su participación física, sino
a través de su sombra.
Otro par de contrarios que capturan la atención del creador, es el
binomio formado por dentro-fuera, o exterior-interior. Y en este
terreno hay que quitarse el sombrero ante la maestría conceptual y
plástica de Llamas, que, valiéndose de tan escasos elementos, de tan
sutiles guiños, recrea en el interior de algo, escenas que apenas
podemos reconocer que acontezcan dentro o fuera del espacio que
habitan. La pertenencia al dominio de lo interior se diluye con la
definición indefinida de exterior, de manera que hay una confusión
intencionada de realidades estáticas pero indescifrables.
¿Santuarios con luz interior, o templos de sombras al aire? En
cualquier caso, lugares sagrados.
|
|
Laura
Acosta,
2007.
fotografías por cortesía de Galería Isabel Ignacio, Sevilla.
www.galeriaisabelignacio.com
|
|
| |
| |
 |
|
La verdadera obra de arte nace misteriosamente del artista por vía
mística.
Kandinsky “De lo
espiritual en el arte”
Para hablar de lo
que de sagrado hay en la obra de arte, es necesario referirse a
Kandinsky, porque en la obra de la cita están recogidos una serie de
principios que nos llevan directamente a este tema. La obra arroja luz
sobre muchas cuestiones sobre el origen y la función de la obra de
arte a lo largo de la Historia y habla bastante, aunque no de una
manera directa, sobre el papel y el compromiso del artista como
creador y autor de un constructo material, estético y filosófico como
unidad de sentido, pero con significados polimórficos. Una unidad de
sentido espiritual, con un sentido, más que universal, comunal. Esta
afirmación de Kandinsky que anoto al principio es toda una declaración
de intenciones y una guía que nos ha de servir para analizar una Obra
de Arte, no en el sentido del cómo y el cuándo –que no arrojan mucha
luz sobre el asunto- si no sobre el porqué y para qué se hace una Obra
de Arte, lo que es tanto como argumentar sobre lo que diferencia una
silla de una escultura.
Desde sus primeras
manifestaciones el Hombre ha buscado tener una relación lo más directa
posible con las fuerzas ocultas que de alguna manera tenían un cierto
poder sobre sus destinos, o al menos así lo entendía. Ha intentado
estar en relación y armonía con esos poderes ocultos y para ello no ha
cesado de crear ritos y objetos que lo llevaran a esa comunicación.
Esos objetos son considerados las primeras manifestaciones de la
Historia del Arte, siendo así que los brujos y chamanes son los
artistas más antiguos. Este carácter entre mágico y místico ha rodeado
a la Obra de Arte en todos los tiempos, sobre todo por su capacidad
sígnico-simbólica, por su habilidad para la evocación y para la
representación de valores e ideas que, de otra manera, de puro
abstractas, era imposible que el pueblo las entendiera. Tanto da que
fuera la representación de un animal o de una tormenta, la imagen –la
vida- de un santo o la representación del poder y del Estado en la
figura de un rey. Todas encierran valores que van más allá de su pura
materialidad y van encaminadas a la conciencia de la gente, a
asustarlos, a someterlos o a consolarlos. Pienso que este es el
verdadero sentido de ala obra de arte: el poder de transmitir valores
e ideas, aun no del todo comprensibles, donde se encierra el valor de
lo sagrado, no en tanto que intocable –como muchas veces se puede
entender- sino en cuanto elemento con poder taumatúrgico.
En la actualidad,
superados ciertos momentos, con el pueblo ya liberado de ciertas
trabas y con una sociedad con “otras preocupaciones” el arte ha de
cumplir la misma función, aunque con otros planteamientos y con otros
fines, pero el compromiso del artista debe seguir siendo el mismo. Si
es así, el espectador que admire la obra, que escuche la música, que
lea la novela, se sentirá comunicado por esos valores y de alguna
manera confortado, aunque se tan solo en el plano estético. Desde
luego el compromiso del artista debe permanecer igual y no realizar
obras con un interés pura o solamente estético, epidérmico, no es un
juego, sino “un despliegue de la verdad”
[1]
El arte, por su
propia esencia tiene forzosamente que tener un contenido social, una
misión. Si el arte solo fuera una recreación para la vista no tendría
sentido alguno el esfuerzo por teorizar, la energía del artista por
crear formas plenas de contenido, por establecer referencias y
proyectar puentes a lo largo de la historia. Tiene una capacidad ilimitada para crear narraciones y unidades de
sentido, según sea la naturaleza de este arte, y con éstas contar
historias y transmitir valores. O tiene una función social o no puede
ser arte, será otras cosas, cosas tal vez estéticamente bellas, pero
no obras de arte en el más profundo sentido social de este fenómeno.
Su función en la sociedad es servir de guía y de
espejo en donde ésta misma se pueda mirar y aprender, encaminarse a
sus fines, respetando sus principios. Su función es servir de narrador
de la actualidad. Debe
y puede constituirse en un arma de lucha no violenta, nacional y
social, contra las jerarquías que indisponen a la sociedad y la
desgarran.
El mundo en que
vivimos está preñado de acontecimientos que exigen militancia, acción
y por supuesto compromiso político por parte de todos. Creo
sinceramente que los artistas han de tomar partido en muchas
situaciones, entre otras cosas porque a través de su lenguaje es
tantas veces más fácil hablar de ciertos asuntos, denunciar
situaciones.
En esta capacidad de
sugestión, de comunicación y de militancia es donde, a mi entender,
radica la importancia y la necesidad del arte y por tanto su sentido
espiritual y sagrado.
Sin duda, al hablar
de lo espiritual y sagrado que hay en una obra de arte, hay muchos
ejemplos que tendríamos que citar. Ejemplos de obras que por su
contenido y por el mensaje que transmiten se sitúan en una especie de
“metafísica” de la obra, con un contenido que va más allá, en muchos
casos, de lo pretendido por el autor. Obras que han transcendido lo
particular y han llegado a ser universales o, por decirlo con más
propiedad, comunales. Entre estas sería obligatorio reflexionar sobre
“La novia desnudada por sus solteros, incluso” o la “Fontana”, ambas de Duchamp; el “Acorazado Potemkin” de
Eisenstein, la mayoría de las acciones de Mendieta y la casi totalidad
de la obra de Louise Bourgeois y por supuesto la capilla de Rothko,
donde se simboliza “lo sagrado” más allá de toda influencia cultural
y de cualquier religión concreta.
[1] “ en el arte no
tenemos que ver con ningún juguete meramente agradable o útil, sino
con un despliegue de la verdad”. Hegel. “Lecciones sobre la estética”.
Akal. Madrid, 1989. p 883. |
Juan Ramón Barbancho,
2007.
fotografía perteneciente a "Emergence", de Bill Viola, por cortesía de
CAAC,
Centro Andaluz de Arte Contemporáneo.
|
|
| |
| |
|
www.lafresa.org [todos los
derechos reservados]
info@lafresa.org |