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lafresa_
revista digital de arte contemporáneo
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EXPOSICIÓN Geopolíticas de la Animación. Centro Andaluz
de Arte Contemporáneo, Sevilla.
Hasta 09/12/07.
El lenguaje de los dibujos animados es uno de los primeros que
aprendemos en la infancia. Tardamos años en entender el lenguaje
hablado, y lustros en comprender el lenguaje escrito; por contra, con
el mundo de los dibujos animados nos ocurre que conectamos rápidamente
y sin que necesitemos ningún tipo de instrucción. Al dejar atrás la
infancia, abandonamos la fantasía y nos iniciamos en la problemática
relación con la realidad. Pero siempre nos quedará la complicidad con
aquello que fuimos y vivimos entonces. Y es que, en el fondo,
empezamos a aprender de la vida con los dibujitos que vimos de
pequeños: don gato, el correcaminos, bugs bunny, los autos locos, el
pato donald y algunos otros.
Con el auge de la
videocreación en los últimos años, muchos han sido los artistas que
han vuelto su mirada hacia el mundo de la animación, que se ha
convertido en un eficaz medio de expresión del arte contemporáneo
actual. En cierta manera, este renacido interés por la animación tiene
mucho de paradójico, pues supone subordinar las extraordinarias
posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías a los originarios
procedimientos metodológicos utilizados en los balbuceos del
cinematógrafo. Si, como pensaba Deleuze, el cine moderno había
conseguido librarse del movimiento y obtener una representación
directa del tiempo (imagen-tiempo), la animación supone una vuelta
atrás hacia su representación indirecta, un camino de retorno hacia la
imagen-movimiento. Y es que mientras que en el cine obtenemos imágenes
reales que podemos captar en el tiempo, en la animación no existen
tales imágenes y el tiempo no es más que una ilusión generada por la
sucesión de planos. En definitiva, si la historia del cine registra
una evolución desde la imagen-movimiento a la imagen-tiempo, la
animación contemporánea propone recorrer el camino inverso, dejando
atrás la imagen-tiempo para llegar hasta la imagen-movimiento.
La muestra que
podemos ver en el CAAC, Geopolíticas de la animación, tiene sus
bases conceptuales en la crisis del occidentalismo y en la emergencia
del pensamiento fronterizo, según palabras del comisario Juan Antonio
Álvarez Reyes. Desde sus inicios, la animación se reveló como un medio
idóneo para expresar y moldear los valores sociales, éticos y
culturales más arraigados en las modernas sociedades occidentales. Los
criterios económicos y políticos de estas sociedades, basados en la
expansión territorial, facilitaron el trasvase de aquellos valores a
otras geoculturas, pues, como señalaba Edward W. Said, “la relación
entre la política imperialista y la cultura es asombrosamente
directa”. Era lógico pensar que un lenguaje tan eficaz y tan
visualmente potente como la animación fuera absorbido y recreado en
casi todos los rincones del planeta. En este sentido, la exposición
trata de cartografiar una especie de mapamundi con el amplio y variado
espectro de las manifestaciones artísticas de la animación
contemporánea. Pero también, con total acierto a nuestro juicio, se ha
tenido la deferencia de presentar a algunos de los autores pioneros
del género, estableciendo así un rico diálogo, tanto espacial como
temporal, entre artistas y obras de distintas épocas y zonas
geográficas.
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Entre los precursores del género hay que destacar al español
Segundo de Chomón, que desarrolló toda su obra en París, en la
mítica compañía cinematográfica Pathé. La pieza seleccionada en la
muestra, Les Kiriki, acrobates japonais (1907) es una pequeña
joya que recoge algunos de los experimentos y efectos sobre los que
investigó de manera incesante Chomón: coloreado a pincel de imágenes
en blanco y negro, tomas cenitales, encadenamiento de planos,
movimientos invertidos, etc. Fascinante para la época en la que fue
realizada, hace justo ahora cien años. De la misma manera, en este
apartado no podemos dejar de mencionar a la alemana Lotte Reininger,
de la que se exhiben dos obras, Adventures of Prince Achmed (1926),
el largometraje de animación más antiguo que se conserva, toda una
proeza técnica, y Papageno, una exquisita rareza de 1935 donde
unas siluetas se recortan contra el decorado de una selva tropical y
se mueven al compás de
La Flauta Mágica de Mozart. El irrepetible Jean Renoir llegó a decir de esta
película que era el mejor equivalente visual a la música de Mozart.
De una técnica
similar se sirve la siempre interesante Kara Walker, cuya obra
artística se sitúa en el escabroso período de la esclavitud en Estados
Unidos. En alguna ocasión, la artista ha declarado que encontró en las
siluetas una solución casi perfecta para desvelar las incómodas formas
con las que los estereotipos racistas y sexistas siguen influyendo en
la vida cotidiana de los afroamericanos en las modernas sociedades
occidentales. En efecto, el uso de un lenguaje expresivo basado en
rudimentarias técnicas de animación utilizadas desde hace siglos para
narrar pequeñas historias populares, resulta particularmente eficaz
para denunciar los innumerables episodios de abusos, violencia y
explotación borrados de la historia oficial norteamericana.
La
pieza mostrada, …calling to me from the angry surface of some grey
threatening sea.
I was transported
(2007),
plantea la compleja relación entre una madre, su hijo mutilado y un
capataz, en el ambiente fantasmagórico de una plantación, alternando
momentos de gran lirismo con sucesos de extremada brutalidad, en una
historia cargada de simbolismo que se debate entre la ternura y la
crueldad.
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Sin duda, la mejor pieza de la exposición es Ulisse: Echo, Scan,
Slide, Bottle (1999), del sudafricano William Kentridge,
una videoinstalación en tres canales a partir de sus inconfundibles
dibujos al carboncillo. El artista utiliza un singular procedimiento
para construir sus animaciones: realiza un dibujo, lo fotografía,
introduce cambios, lo vuelve a fotografiar, lo borra levemente y lo
redibuja para fotografiarlo nuevamente después, de tal manera que
siempre permanece, como en los palimpsestos, la huella del proceso
creativo, remitiéndonos así a una idea fundamental en la obra del
autor: la memoria. En Ulisse, mientras en el canal central
observamos un vaso clínico que marca el ritmo sonoro de la pieza, en
las otras dos pantallas se proyecta una vertiginosa sucesión de planos
que alterna dibujos al carboncillo e imágenes de la vida real, con el
funcionamiento del cuerpo humano como tema nuclear, a cuyo interior
accedemos a través de las “ventanas” de un scanner y un ecógrafo.
De entre los más
jóvenes, los artistas que más reclaman nuestro interés son Robin
Rhode y Nathalie Djurberg. Robin Rhode nos sorprendió a
todos en la Bienal de Venecia de hace dos años, cuando María del
Corral seleccionó para el Pabellón de Italia cuatro pequeñas piezas de
animación suyas, en las que narraba sencillas historias sobre juegos
infantiles en su país natal, Sudáfrica, descritas con un tono poético
conmovedor. En la obra que se presenta en la exposición, The
Storyteller (2006), encontramos algunos de los rudimentarios
elementos que el artista emplea habitualmente en sus trabajos (tizas,
paredes, sprays), aunque ahora puestos al servicio de una pieza muy
elaborada, en la que intervienen también el bailarín francés Jean-Baptiste
André, el violonchelista Didier Petit y el compositor Christian Sébile,
y que ahonda sobre la evocadora figura del cuentacuentos en las
culturas del sur de África. Aunque la pieza posee un interés evidente,
hubiéramos preferido alguna otra más representativa del autor, como
por ejemplo la extraordinaria Harvest (2005).
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La sueca Nathalie Djurberg, de la que se exhiben tres trabajos,
utiliza elementos aparentemente sencillos, como figuras de plastilina
y decorados domésticos reconocibles, para narrarnos historias
inteligibles, con abundantes destellos de humor negro, en las que
profundiza sobre comportamientos perversos dominados por pautas
abusivas y violentas, y en las que aborda distintos tabúes como la
sodomía, la pedofilia y la pornografía. Los trabajos que se presentan
en la muestra poseen un tono más suave de lo habitual, aunque no por
ello dejan de tener atractivo, sobre todo In Our Own Neighbourhood
(2007), que narra la degradación progresiva de una mansión, a
través de los personas que la habitan. La historia se inicia con una
señora de buena posición que deja la casa acompañada de su mayordomo,
dando paso al desfile de una variada tipología de personajes que la
van habitando y deteriorando poco a poco, hasta que acaba pintada y
destrozada violentamente a manos de los okupas de turno. Al final,
incluso éstos la abandonan, dando paso a los animales que merodean por
allí, que terminan campando a sus anchas por la que fue, en otra
época, una respetable mansión. En la metáfora fílmica de Djurberg, la
casa actúa como testigo sombrío de la degeneración de la convivencia
en el espacio urbano de nuestro tiempo, en el que observamos
resignados cómo el inquietante rostro oscuro de lo salvaje irrumpe
incluso, como dice el título de la obra, en nuestro propio vecindario.
Con esta muestra, y
tras la extraordinaria exposición Bios4, el CAAC prosigue su
interesante recorrido por las zonas más arriesgadas de la creación
actual.
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Diego Valdés, 2007.
fotografías por cortesía de Centro Andaluz de Arte Contemporáneo.
www.caac.es
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zhang huan / cortesía de cacmálaga |
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EXPOSICIÓN X Bienal Internacional de Estambul.
Hasta 04/11/07.
Una parte importante de la X Bienal Internacional de Estambul,
organizada por la Fundación para la Cultura y Artes de Estambul (www.ikvs.org)
desde 1987, son los nightcomers. Estos 150 cortometrajes
de todo el mundo forman la junción de la Bienal que desde el 8 de
septiembre hasta el 4 de noviembre se extiende por el puente urbano
entre Europa y Asia.
El título de la
Bienal es “No Sólo Posible, Sino También Necesario: Optimismo en
la Época de Guerra Global”. Es un título bastante difícil y
durante la rueda de prensa Hou Hanru, el comisario invitado de
este año, confiesa que es un proyecto complicado que necesita mucho
tiempo y energía para digerirlo, y que él tiene la culpa de cualquier
problema de digestión. Tras 20 años de Bienal, el director de
exposiciones y programas públicos del Instituto de Arte de San
Francisco considera necesario reinventarla. Quiere ir más allá de una
exposición temática en su forma tradicional. Centrándose en las
complejas y diversas formas de la modernidad, la Bienal se abre como
una plataforma a la imaginación, el diálogo y la producción entre
artistas internacionales, público local y contextos específicos. Es
una plataforma para utopías. Además, para imbricar mejor la Bienal en
la vida urbana de Estambul, pretende superar el marco espacial y
temporal de un evento de arte. En términos de tiempo, este
acontecimiento urbano va más allá del horario de oficina. Para evitar
problemas digestivos me enfocaré aquí en la primera noche del proyecto
de los nightcomers en el İstanbul Manifaturacilar Çarşisi
(Mercado de Comerciantes de Textil de Estambul).
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Durante la Revolución Cultural de China de los años sesenta se animó a
la clase baja a exponer su crítica sobre la élite en forma de
dazibao (un póster con letras grandes). Las esquinas de algunas
calles se convirtieron en plataforma de opiniones públicas. Cuatro
décadas más tarde, dado que el video es la forma de expresión más
popular, Hou Hanru ideó el proyecto “Video Dazibao”. Se puede decir
que el proyecto tiene tres principios. Favorece el anonimato sobre
promover los nombres de los artistas. Las proyecciones transcurren en
la noche para crear una sensación de cine al aire libre. Y reintroduce
la democracia en la creación artística para combatir la exclusividad y
elitismo del mundo del arte. En octubre de 2004, Hou Hanru trabajó
este proyecto por primera vez organizando la “Nuit Blanche”. Durante
algunas noches proyectaron cortometrajes de tres minutos en tres
lugares distintos de París. La experiencia gustó al público parisino y
al propio comisario, por lo que para la Bienal invitó a cinco
comisarios jóvenes de Turquía a seleccionar 150 cortometrajes de
treinta segundos hasta cinco minutos a través de una convocatoria
pública. Los cinco comisarios, Övül Durmuşoğlu, Marcus Graf, Borga
Kantürk, Pelin Uran y Adnan Yildiz, convirtieron la imposibilidad de
democracia en posibilidades de democracia. Paralelamente, la pareja
artística de Rotterdam, Bik Van der Pol, seleccionó después de mucho
tiempo de investigación 59 emplazamientos - desde la parte
europea hasta la costa asiática de Estambul - para proyectar los
cortometrajes. Cada día de Bienal hay un nuevo lugar donde proyectar y
disfrutar. Son lugares que apenas aparecen en los mapas turísticos de
Estambul pero que son muy importantes para la cuestión de modernidad
de Turquía.
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Los cortometrajes se llaman nightcomers, porque salen a la luz
durante la noche. Según los cinco comisarios, “los nightcomers
vaguean en las esquinas de la calle. Buscan su propia justicia. Puedes
sentir sus alientos en tu cuello. Sonámbulos – una pandilla de
fantasmas.” Uno de los comisarios jóvenes es Adnan Yildiz. Durante su
selección se preguntó: “¿Podemos hacer una selección mejor que You
tube?”
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Para la primera
proyección de los nightcomers en el İstanbul Manifaturacilar
Çarşisi (İMÇ) la pantalla era bastante pequeña, pero parece que
funciona. Había gente del barrio, niños, parejas y familias, sentados
junto a personas del mundo de arte. El chaval a mi lado lo pasó bien,
especialmente con los cortometrajes de “Blasting Experiments” (2007)
de Tésy Daniel y “Caricia de Planta” (2007) de Lamila Rocha. En el
primer cortometraje se ve cómo gente caminando por la calle explota de
repente y en el segundo, una mujer recibe lentos bofetones con un ramo
de tulipanes. También había bichos en la orilla del mar en “Human
Behavior” (2007) de Luca Göböhyör y llamadas extrañas en “The Presence
of Another Door” (2007) de Morten Dysgaard.
Para mí estas
obras de videoarte muestran que Hou Hanru realmente quiere integrar el
público local con la Bienal y crear una plataforma de participación
democrática. Después de ver muchos cortometrajes en la calle, me voy
con una sensación de felicidad. Hou Hanru tiene razón que el optimismo
es el espíritu necesario, y además posible, para sobrevivir esta época
de guerra global.
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Ferenz Jacobs, 2007.
fotografías
de por cortesía de Istanbul Kultur Sanat Vakfi / Istanbul Foundation
for Culture and Arts
www.iksv.org
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felipe
palma mejías / cortesía del propio artista |
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EXPOSICIÓN Locations, Yeondoo Jung. Tina Kim Gallery, New
York.
Hasta 08/12/07.
Ocurre con el arte que cada vez se hace más difícil encontrar apuestas
terapéuticas que nos muestren realidades optimistas y nos hagan soñar.
Ocurre, que poner el dedo sobre cuestiones escabrosas y representar
las peores escenas que este mundo nos puede ofrecer, es una práctica
por la que se inclinan una gran cantidad de artistas. Dicen que las
mejores letras de canciones, los mejores poemas, nacen de las manos de
autores inmersos en un momento depresivo, recién sacudidos por una
experiencia negativa y dolorosa. Quizás esta sea la razón. Quizás
algunos creadores quieren parecer tristes para asegurarse una obra que
sea bien recibida por el público, ya que son éstos códigos los que hoy
por hoy, mejor conocemos, queriéndolo o no.
Pero,
¿es que no hay cosas buenas que decir? ¿No hay motivos para
enorgullecernos de lo que somos? ¿Dónde queda la risa, dónde la
deleitación, dónde el brillo y la paz de las miradas contemplativas?
Para eso tenemos al coreano Yeondoo Jung (1969, Jinju, Corea)
quien se ha decantado, dándole un respiro al espectador, por
desarrollar un arte terapéutico, risueño, estimulante y lleno de vida
social. Una apuesta valiente, en este momento que vivimos en el que
las imágenes de un telediario pudieran ser perfectamente gemelas de
las que encontramos colgadas abundantemente en salas de arte. Y una
tarea inteligente, la de mostrar imágenes divertidas, mágicas,
atractivas y optimistas sin dejar opción a una lectura simplista y
superficial por no haber dolor o drama en ellas.
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Hay que dejar claro que Yeondoo Jung no es un fotógrafo
artista. Es un artista que ha decidido valerse de la fotografía –a
pesar de haber estudiado escultura- por encontrar en ella el mejor
medio de expresión para hablar de lo que quiere hablarnos. Su interés
en los últimos años se centra en el individuo y en cómo este está
acogiendo los cambios de nuestra sociedad globalizada, acercándose al
papel de un sociólogo-antropólogo. En su majestuosa serie
Wonderland (2004), trabajó en Seúl con niños de entre 5 y 7
años, quienes realizaron inocentes dibujos que luego Jung trató
de interpretar y representar en sus fotografías. Sus modelos fueron
chicos de instituto que se prestaron a colaborar desinteresadamente,
de modo que se crea una triple autoría donde confluyen tres
generaciones distintas, cada cual aportando su carga correspondiente,
y recordándonos que todos, hasta los más pequeños, estamos bajo el
influjo de la Comunidad Internacional. Yo he de reconocer que este
proyecto me pareció fantástico, como un oasis en el desierto. De una
forma seductora, el artista codifica los dibujos libres y sin
prejuicios de unos niños para hablar a través de adolescentes de los
cambios económicos y sociales que se están importando en nuestro nuevo
mundo.
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Una serie justo anterior a la mencionada, Bewitched
(2004), abrazaba también al ser como motor conceptual de la obra. En
este caso el protagonismo es para el ingente e intangible mundo de los
deseos humanos. El artista se dedicó a entrevistarse con centenares de
personas para averiguar cuáles eran sus deseos más profundos,
asimilando ahora la personalidad de un psicólogo capacitado. Las obras
finales presentaban a cada individuo a través de dos imágenes; siendo
ellos mismos, y siendo quienes deseaban ser. Algo tan simple, tan
banal, tan insignificante… desear ser otra persona, y a la vez tan
necesario, tan sencillamente humano, tan alentador… La lente de
Jung capta sentimientos, emociones, capta la alegría, la tristeza,
capta la ilusión y el deseo, y sus fotografías, además, tienen la
capacidad de transmitir todas esas sensaciones y acercarnos a esas
personas que se nos muestran desnudas, compartiendo con ellas
ilusiones pasajeras, estados anímicos, anhelos y esperanzas.
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Quizás sea su nuevo proyecto, Location Series
(2005-2007), la serie menos sociológica hasta la fecha. En este
nuevo viaje, el coreano penetra en el mundo del paisaje fotográfico,
uno de los más académicos del medio, para ponerlo patas arriba y
mostrar lo que suele quedar off the record. Fascinado por
Hollywood y la tremenda capacidad de esta macro industria para crear
escenarios artificiales, Jung trata de poner de manifiesto cómo
de falso puede también llegar a ser el paisaje real. Mediante la
yuxtaposición de elementos naturales y artificiales crea escenas
arraigadas en la realidad, pero al mismo tiempo completamente ajenas a
ella. Una especie de ecuación, siempre acertada, del paisaje innegable
y el montaje conscientemente teatral. Lo importante son los espacios
creados, el ambiente y la atmósfera alcanzada es lo que dotará luego a
la fotografía de personalidad propia, nunca hay retoque digital. La
diversión del artista llega cuando el espectador contempla su trabajo
e intenta discernir qué elementos son reales y cuáles son artificios
creados para el diseño de la pieza.
Junto
a esta serie se presenta el video Documentary Nostalgia
(2007), cinta que se extiende a lo largo de 85 minutos en una sola
toma y que trata de llevarnos detrás de la escena, terreno mágico y
vedado para el espectador, donde sólo los cineastas pueden habitar.
Con la misma sensación que tendría un mirón, descubrimos lo que
pudiera perfectamente ser una fotografía en movimiento que nos revela,
a través de seis escenarios distintos, cómo es el proceso de
recreación de dichos escenarios, sin controlar ni tapar a operarios y
técnicos en medio del espacio que habitualmente llega sacro e
inmaculado al receptor. Se trata pues, de enseñar lo que nadie quiere
enseñar. De mostrar el proceso y desvelar ese encanto magnificado que
es tan mentirosamente real como la vida misma.
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Laura Acosta,
2007.
fotografías por cortesía de Tina Kim Gallery.
www.tinakimgallery.com
www.yeondoojung.com
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norma
goro / cortesía de la propia artista |
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EXPOSICIÓN Objetos para un rato de ocio, Mario García
Torres. Galería Elba Benítez, Madrid.
Hasta 15/11/07.
Recuerdo que la primera vez que entré en la exposición de Mario
García Torres (Monclova, 1975), en la galería Elba Benítez, lo
primero que pensé fue que algo que se repite en el contexto artístico
es la búsqueda de la definición de arte y del espacio propio del arte.
Y es esta la reflexión que, a mi parecer, M.G.T. nos propone en su
vídeo A Brief History of Jimmie Johnson's Legacy, en el que, a
través de imágenes de películas como Bande à part de Jean Luc
Godard, en la que un personaje recorre el Louvre en poco más de 9
minutos, The Dreamers de Bernardo Bertolucci, en donde se
homenajea la anterior escena y Tajimara de Juan José Gurrola,
en la que asistimos a una escena de similares parámetros, conjugadas
con acciones de otros artistas y de tres jóvenes que corren por el
Museo de Bellas Artes de México, formando parte de una competición,
narrada en off, sobre la idea de batir el record en recorrer
las salas del museo, o como él lo llama "una visita rápida". Por qué,
¿quién determina cual es el tiempo necesario para visitar un museo? |
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Otra de las piezas que componen la exposición es Título prestado.
Un pequeño marco con la cartela del Museo Thyssen del bodegón
Objetos para un rato de ocio de William M. Harnett a un lado y un
espacio vacío al otro, quizás porque el complemento de esta pieza está
en el propio museo. Ahora el objeto artístico se transforma y lo que
durante años ha servido en los Museos o instituciones para catalogar
las obras es la obra en sí misma. Propone con ello, de nuevo, un guiño
a la reflexión artística y al valor de la obra.
La tercera y última obra que compone esta muestra es
Abandoned and Forgotten Land Works That Are Not Necessarily Meant
To Be Seen As Art donde a partir de fotografías de abandonadas
pistas de aterrizaje de California, algunas de ellas usadas durante la
Segunda Guerra Mundial, crea una serie de imágenes con las que plantea
una recreación de arte conceptual al estilo de Land Art a modo de
simulacro. |
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Según palabras del propio artista en una entrevista realizada por
Alberto Sánchez Balmisa, no fue esta su primera idea para la primera
individual en España. Pensó recuperar la historia de Domingo Malagón
de Alea, militante del Partido Comunista durante la dictadura
franquista que, por su formación artística, acabó falsificando los
documentos para que muchos españoles pudieran abandonar el país. A
García Torres una de las cosas que más le atraían del personaje es que
nunca llegó a saber si era un artista pues su éxito se basaba en el no
reconocimiento, algo que, de alguna manera, enlaza con su propia obra,
en la que el objeto artístico se aleja de los cánones marcados por la
convencional teoría del arte para otorgar relevancia a aspectos en
apariencia secundarios pero que, por su trato, incitan a reflexionar
sobre la institución museística y al concepto de arte en general.
Invitación, que sin duda, consigue con esta exposición a pesar de no
haber sido su primera opción.
Mario García Torres ha recibido el
premio Cartier 2007 presentado en la Feria Frieze en Londres y su
participación estará presente en la 52º Bienal de Venecia y en una
exposición individual en el Stedelijk Museum, entre otros. En nuestro
país pudimos verle en el ciclo Una noche en el museo (o lo que vio
Betty Boop) donde se presentó A Brief History of Jimmie
Johnson's Legacy. |
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Eva Navarro,
2007.
fotografías por cortesía de Galería Elba Benítez.
www.elbabenitez.com
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zhang huan / cortesía de cacmálaga |
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PUBLICACIONES
Mahlzeitstück, Marcus Gaab. E-design +communication gmbh,
Berlin.
Desayuné un domingo de estos con algún suplemento semanal en el que,
sinceramente, esperaba encontrar cualquier cosa menos la desfachatez
insensata de un adicto al lujo. David LaChapelle, quizá el autor que
más ha contribuido a la estética nihilista del glamour evidente,
confesaba su inminente cambio de rumbo hacia un arte que abandona las
celebridades caprichosas y el espíritu capitalista -estadounidenses
ambos en su mayoría- de los que parece haber exprimido hasta la última
gota. En recompensa, podremos ver unas horripilantes fotografías del
artificio más ramplón en una macroexposición que encuentra sede en la
meca italiana de la moda, Milán. Vale que tiempo atrás renegase de las
divas más antipáticas –Madonna, Gwen Stefani o Christina Aguilera, las
manos que le dieron de comer-, por considerarlas materialistas y
crueles (¿qué esperabas, darling?); pero de ahí a querer
rebozarse de idealismo, a denunciar la pérdida de valores espirituales
en Occidente, va un trecho que necesariamente pasa por un kitsch
recargado y voluptuoso –insincero, efectista- que resulta ser el canto
del cisne de un estilo fotográfico. El affair que sostienen la
moda y su representación plástica –la fotografía de moda- con el arte
se ha llevado con cierta dignidad hasta la fecha, y LaChapelle ha sido
considerado un fabuloso ejemplo al tiempo que retratista magnífico;
sin embargo, confiesa que todo terminó con la belleza vacía de Paris
Hilton, ya que detrás de eso, paradójicamente, dice no encontrar nada
más.
Mi retina retiene
fotos muy buenas de LaChapelle –y muchas horteradas también-; pero el
colgar ciertos hábitos para irse a un barroquismo que fundamentalmente
depende de unos medios mastodónticos, no convence. Por mucho que beba
de Miguel Ángel Buonarrotti o del sursum corda.
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Opto por dejar el café a medias; un cigarrillo se consume solitario en
la cuña de un cenicero que en realidad es un pequeño Chillida de
alabastro… Sé cómo buscarles, los invoco mediante las palabras claves
en la gran lupa de todos los tiempos –el sagrado buscador- y encuentro
mi nuevo santo de referencia: Marcus Gaab, un exitoso fotógrafo
comercial capaz de orquestar a los mejores para sus proyectos
personales al margen de otros encargos para publicidad.
El susodicho es una
especie de antítesis moral de Zurbarán –nada de la humildad cartuja,
el boato se recrea en cada imagen-, y sin embargo un bodegonista
moderno que tiene mucho de ese efectismo trampantojista del
pintor sevillano. En sus catálogos de complementos, fotografiados en
base a una escenografía meticulosamente calculada –como Poussin y su
pequeña cajita premonitoria-, cada objeto adquiere unas cualidades
propias que lo convierten en materia pictórica de primer orden: los
objetos de lujo se esparcen con interesantísimas naturalezas muertas
en un recordatorio perpetuo de la vanitas de siempre.
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No obstante, lo que más me interesa del alemán en cuestión –que
trabaja en Berlín, epicentro de todo lo nuevo- son algunas de sus
series fotográficas en las que plantea una particular narración acerca
de los actuales hábitos de consumo parangonados a modelos atemporales
de comportamiento. Particularmente, hay una en concreto –“Mahlzeitstück”,
que viene a significar algo parecido a “el teatro de la comida”-
que constituye una suerte de cuento perverso aplicable tanto al
desenfreno dionisíaco de la antigüedad como a ciertas grandes
frivolidades de nuestros días.
Al llevarla a cabo,
Gaab se sirve de Guido Asch –algo así como el Adriá de los
teutones, aunque nada minimalista- para servir una mesa que incita a
la gula en un desafiante y prominente exceso: el paisaje arracimado y
copioso de abundantes manjares presagia indiscutiblemente un placer
sin límites. Recurre a la también prestigiosa Sabine Feichtner,
estilista, para vestir adecuadamente a ocho comensales que
protagonizarán un excelso libertinaje de los instintos más inherentes
al animal que hay en todos. Y a la palabra de acción procederá a
inmortalizar cada secuencia del deleite, situado como semidios en las
alturas, proporcionándonos especialísimas panorámicas cenitales que
describen cada evolución de la reunión. Tras hacerme con un ejemplar
del exquisito libro en que fueron publicadas estas fotografías, pude
regocijarme en viejas pretensiones de organizadora de eventos, y
rememorar algunos fotogramas gloriosos que hace tiempo protagonicé.
Todos conocemos de cerca la fatuidad de este tipo de cenas, el
seductor tintineo del cristal al que siempre falta un poco más de
vino, y el timbre de las risotadas que –entretejidas con leves toses
producto del tabaco aspirado a mansalva- mutan su ritmo e intensidad
conforme evoluciona la velada. Y todos deseamos otra noche como
aquella que magnificamos en el recuerdo.
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Elektra,
2007.
fotografías por cortesía de Marcus Gaab.
www.marcusgaab.com
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norma
goro / cortesía de la propia artista |
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EXPOSICIÓN PARIS PHOTO, Carrusel du Louvre, París. País
invitado: Italia.
15-18/11/07.
Justo en el centro del Carrusel del Louvre, pasado el gran museo y
antes de llegar a los jardines de las Tullerías, se alza un arco
triunfal rematado por una cuadriga escoltada por dos figuras aúreas.
Desde ahí, desde ese monumento hecho levantar por Napoleón a semejanza
del modelo que construyera Constantino en Roma, se percibe con respeto
la grandeza henchida de París. Sus espacios inmensos, prolongados,
inabarcables. A un lado, casi en lontananza, el Arco del Triunfo; más
acá los Campos Elíseos, la plaza de la Concordia. Del otro, detrás, el
Louvre y la pirámide acristalada de Pei. Sobre el fondo brumoso, la
torre Eiffel.
Desde ese lugar preciso de la ciudad, mirando a cualquier sitio, uno
se da cuenta al instante de la sofisticación y variedad de recursos de
un centro histórico ilimitado e inconmovible. Y es debajo de ese punto
neurálgico, exactamente, donde bulle, como un hormiguero ordenado,
Paris Photo, considerada por los especialistas la feria
internacional de la fotografía más importante del mundo. El lugar
preciso para contemplar no sólo las últimas expresiones en este arte,
sino también un sinfín de imágenes primogénitas que han marcado su
historia. Desde los calotipos de Hill y Adamson, Le Gray
o Fox Talbot (impresiona ver de cerca la belleza pura y
neblinosa de estas primeras capturas seudoexperimentales), hasta las
instantáneas pétreas de Candida Höfer o Jean-Marc Bustamante.
Sin grandes algaradas ni aspavientos, sin caer en la torpeza cicatera
de otras convocatorias menos ambiciosas y más ruidosas, con una
pulcritud casi espartana, París Photo ofrece una visión
panorámica muy amplia y de largo recorrido sobre los significados y
pervivencias de la imagen fija, tocando todos sus géneros y repasando,
inevitablemente, la mayoría de los grandes nombres que han dado
sentido y validez a la consideración de la fotografía -después de más
de un siglo y medio de vida-, como un arte vivo y creciente.
Sin
tener un tamaño demasiado grande -es, por ejemplo, bastante más
dominable y menos cansina que ARCO-, París Photo se organiza en
torno a tres espacios bien diferenciados que comparten una zona
central abierta que vertebra la visita. El paseo por los diversos
stands resulta agradable, sin apretaduras. En un día pleno de
dedicación se puede llegar a contemplar casi al completo las
propuestas de las 83 galerías presentes, además de poder observar con
interés los espacios dedicados a las publicaciones de mayor renombre
especializadas en el sector (Taschen, Phaidon,
Artforum…). Cada edición, al igual que ocurre con otras grandes
citas internacionales, París Photo toma como referencia un país
invitado al que se le dedica una especial atención, circunstancia que
se aprovecha para analizar y dar a conocer las expresiones y
tendencias vigentes de la nación correspondiente. España fue la
elegida en 2005 y Rosa Olivares -directora de la revista Exit y
una de las especialistas que mejor conoce el panorama en nuestro
territorio-, la comisaria encargada de seleccionar a los artistas que
nos representaron.
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Este año el país escogido ha sido Italia, bajo mi punto de vista y sin
tener en cuenta la cúspide incuestionable que significa Alemania,
quizás el que mejor ha sabido construir en Europa un discurso
fotográfico contemporáneo de validez y con personalidad propia. Entre
el remolino de sensaciones cruzadas que me rodeaba, y ante la
imposibilidad de abarcarlo todo, me concentré en el silencio
desdramatizado de las imágenes paisajísticas de los italianos,
secuencias repetitivas de un mismo catón que resultan paradigmáticas,
por su conjugación, de los designios globalizados del mundo de hoy.
Si
la Escuela de Düsseldorf es el punto de arranque de muchos de las
ideas que se mueven en nuestros días en fotografía (la impronta del
matrimonio Becher es una huella indeleble que ha trazado un camino
nuevo más abstracto y menos concreto en la consideración iconográfica
de la imagen actual, desde el momento en que los artistas germanos
empiezan enfrentarse al espacio como un no-lugar en vez de como un
lugar, se alteran los presupuestos de partida y se obtienen reflexivas
imágenes atemporales en vez de instantáneas indubitables). Al invertir
el concepto, la aproximación a la realidad se produce por mecanismos
menos impulsivos y más cognitivos, aspectos perennes e indestructibles
del envés de la realidad que ya nada tienen que ver con el
documentalismo o el esteticismo y que se sustentan, sobre todo, en
motivaciones de índole intelectual. Imágenes que pueden resultar
estáticas o incluso frías, pero que atrapan con su pasividad los
lugares compartidos de la contemporaneidad. Territorios de tránsito
que resultan comunes y habituales, parajes urbanos donde predominan la
indiferencia y el anonimato y que podemos hallar en cualquier parte
del mundo (banales manzanas de casas, edificaciones impersonales y
funcionales, aeropuertos, centros comerciales, metros, estaciones de
tren, carreteras, supermercados, hoteles….). Espacios que se
justifican por la multitud deshumanizada que los confiere, como por
ejemplo ocurre con las extensas playas o los interiores de discoteca
que retrata Massimo Vitali, territorios que se deben, y
justifican, por una sociedad ociosa que practica alienada la religión
de la indiferencia.
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Tradicionalmente se conoce a Gabriele Basilico por sus vistas
periféricas de las ciudades (precisamente uno de sus reportajes más
conocidos refleja el extrarradio de la capital francesa), estampas
antirrománticas donde las estructuras industriales van construyendo
una identidad periurbana irreverente y difusa, una pérdida de valores
desnaturalizados que culmina en el desencanto y en la desmotivación
arquitectónica. En la feria parisina sus últimas imágenes han dado un
giro y capturan la podredumbre y el hundimiento de parajes desolados
por la pobreza, caso de Beirut, ciudades donde la miseria o la guerra
han impendido un desarrollo razonable.
Las
fotografías de Vicenzo Castella retratan metrópolis apagadas de
una belleza lánguida, imágenes donde la perspectiva aérea y el
esfumatto (rememorando los fondos renacentistas) juegan un papel
esencial; da igual el lugar, el prototipo de la urbe contemporánea
responde a un estereotipo previsible donde coinciden barrios y amplias
extensiones desarropadas. Vistas desde las alturas, la ciudad moderna
es anodina, insustancial, informe. Los grandes planos abiertos, igual
que los que utiliza Olivo Barbieri, atrapan la esencia
indeterminada del espíritu urbanita. Sus enfoques selectivos jugando
con la profundidad de campo nos hacen creer que la imagen que tenemos
delante es una maqueta de reducidas dimensiones. Al tiempo nos damos
cuenta de que estamos frente a una realidad escamoteada, una sutil
engañifa, convirtiendo de un modo lúdico el artista lo verdadero en
verosímil, es decir: lo existente y concreto en algo inexiste o
ficticio de carácter etéreo.
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De las curiosas fotos presentes de Raffaela Mariniello, sólo
puedo decir que no me seduce la superficialidad efectista que consigue
al capturar el tiempo ni tampoco sus juegos luminosos repercutidos por
el extrañamiento, me interesa el espacio y su domesticación, no la
percepción adulterada ni el alabeo de la mirada. Me interesa, por
ejemplo, la capacidad analítica de Franco Fontana para
reconstruir la realidad, para inferir volúmenes puros (tanto en líneas
como en colores) de situaciones complejas. Su manera de simplificar
los espacios y olvidarse del tiempo, de abstraerse, parafraseando a
los constructivistas rusos, igual que hace Walter Niedermayr
(su díptico en la Robert
Miller Gallery
era espectacular) cuando convierte la grandeza de la Naturaleza en una
excusa para concebir un singular cuadro gráfico de incontenible
potencia visual, un retablo donde el hombre queda ridiculizado por su
pequeñez e insignificancia ante la inmensidad de las montañas.
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La sucesión ordenada, casi continuada, del paisaje como espacio
impreciso de la memoria; la masa inherente como refugio, el momento
eterno e insustancial que vivimos, lo urbano como espacio del
anonimato, la ciudad fabril derrotando al hombre doméstico.... La
clave de la fotografía actual está en la idea y no en la
representación. Lo importante no es el resultado, que puede ser
azaroso, sino la veracidad de la escenografía descubierta. Un tour
de force entre el artista y el espacio que acaba en una lucha
conceptual, en un esfuerzo supremo por descubrir los resquicios de la
realidad que nos rodea, un mundo colmado de imágenes vanas que tiene
que redefinirse a través del silencio pensado que dibuja la mirada
cultivada. Una mirada experimentada que es capaz de radiografiar el
sentido de una situación antes que su pulso. Un silencio denso, casi
trazado con tiralíneas, que utilizan estos paisajistas italianos para
derrotar las dimensiones conocidas e indagar aspectos nuevos del
contexto que nos rodea.
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Sema d´Acosta, 2007.
fotografías
de Edu D´Acosta o cedidas por cortesía de Paris Photo.
www.parisphoto.fr
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